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Era el final de la tarde, y Jesús estaba cansado. Durante todo el día había sanado, enseñado y ayudado a una multitud de personas aglomeradas a su alrededor. A duras penas tuvo tiempo para comer. Sumado a eso, la crítica perversa y la calumnia de los fariseos hacían que su trabajo fuera más pesado.
Entonces decidió descansar del otro lado del lago, donde había pocas viviendas. La multitud fue despedida. Jesús y sus discípulos entraron en el barco. Vencido por el hambre y el cansancio, se acostó en la popa y se durmió.
Había anochecido. Las nubes oscuras y el viento fuerte anunciaban una gran tormenta. Olas fuertes comenzaron a golpear contra el barco, llenándolo de agua, casi hundiéndolo. Acostumbrados a la vida de pescadores, las tormentas no eran una novedad para los discípulos. Pero, esta vez, todo lo que sabían parecía no valer de nada. Visiblemente desesperados, recordaron la presencia de Jesús en el barco. Llamaron al Maestro, pero ni siquiera se movió. Sintiéndose abandonados, percibieron, incrédulos, que Jesús dormía.
¿Cómo podía hacerlo? Inconformes, los discípulos lo despertaron. Serenamente, sin una nota de desesperación, Jesús levantó sus manos y, bajo su orden, el mar se aquietó.
Jesús no se mantuvo por encima de la desesperación por ser Dios, sino porque confió en el amor y cuidado del Padre.
De vez en cuando estamos envueltas en preocupaciones imaginarias y reales, ¿verdad? Estas no son necesariamente un mal. Pueden significar fuerza, interés y que valoramos la vida. Sin embargo, terminamos siendo rehenes de la preocupación excesiva, agotamos nuestra energía física y emocional. Y terminamos infelices y enfermas.
Dormir durante una tormenta, como el Maestro, es tener la tranquilidad de que hiciste tu parte, sumado a la confianza de que alguien mayor cuidará de lo que resta, aunque de manera distinta a lo que te gustaría. Dormir en la tormenta es reconocer que no estás sola. Hay un Dios lleno de amor velando por ti, interesado en todas tus cuestiones.
Por eso, sigue su ejemplo. Pon tus preocupaciones en las manos del generoso Padre y descansa. Duerme anidada en la confianza de que él está por encima de cualquier problema. Él puede controlar la situación de tu ansioso corazón, si se lo permites.