|
Vamos a llamarla Isabel. Ella era triste y llenaba su vacío entregándose a los hombres. Ya había tenido cinco maridos y últimamente estaba teniendo una aventura amorosa.
Como Isabel, hay mujeres inteligentes, excelentes profesionales, bien vestidas, con el cabello impecable, que por detrás del maquillaje esconden el dolor y la amargura. Viven relaciones frustrantes, porque sus pesadas cargas o ahuyentan a sus compañeros o las hacen elegir mal. Cristo tiene algo especial para ellas.
Jesús venía de Judea, donde había sido rechazado por los sacerdotes y rabinos, y pasó por Samaria. Al mediodía llegó al valle de Siquem. En la entrada estaba el pozo de Jacob. Mientras los discípulos iban a comprar alimento, se sentó junto al pozo, cansado y sediento. Ella llegó absorta en sus dolores, sin notar a Jesús. Llenó el cántaro y ya se estaba yendo cuando Jesús le pidió agua. En Oriente, es una cuestión de deshonra negar ese tipo de favor. Otro factor importante es que ella era samaritana, por lo tanto, era odiada por los judíos.
Sorprendida, ironizó la valentía de Jesús en pedirle agua. Con palabras bondadosas, él le mostró que, incluso siendo judío, tenía algo grandioso para ofrecerle.
Isabel percibió algo solemne en aquel sediento viajero. Cuando le dijo que solo él tenía el agua que podía llenarla, le pidió de esa agua. Pero, antes de recibirla, debía reconocer su pecado y a su Salvador. "Llama a tu marido y ven", le dijo Jesús.
Jesús la abordó de manera progresiva: no tocó directamente en sus heridas. Primero se acercó, conquistó su confianza y, en el momento oportuno, le señaló el remedio, antes de señalarle su pecado. Inicialmente, Isabel evitó hablar de sí misma; pero, con la conciencia despertada hacia aquel que leía sus secretos, alivió la sed del alma: nació de nuevo, renovó su mente y purificó su corazón. ¡Una misionera acababa de nacer!
Dejando el cántaro, corrió a la ciudad, para comunicar a otros la luz recibida. Estos corrieron para escuchar a Jesús, creyeron en él y lo invitaron a ir a su ciudad. Entonces muchos más creyeron en él.
Isabel "demostró ser una misionera más eficaz que los propios discípulos. [...] Pero por medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llegó a oír del Salvador. Ella llevó enseguida la luz a sus compatriotas" (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, pág. 166).
¿Ya bebiste de esa agua? ¡Ofrécela a los demás!