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Mente brillante

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Consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio (Filipenses 4:8).

En 2001 se lanzó la película Una mente brillante, basada en la historia real de John Forbes Nash.

Nash nació en Bluefield, Estados Unidos. A los diecisiete años, era uno de los más brillantes alumnos de la universidad. Considerado un genio, John fue aceptado en Princeton, donde a los veintiún años, escribió su revolucionaria tesis de doctorado.

Reconocido por su trabajo, ingresó en el cuerpo docente del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y fue contratado por el gobierno estadounidense para descifrar códigos en la Guerra fría. A los veintinueve años, su meteórico ascenso fue interrumpido por la esquizofrenia paranoica, una enfermedad que genera distorsión de la realidad, delirios y alucinaciones auditivas, y síntomas de ansiedad y depresión.

John explicó años más tarde: "Veía a comunistas en todos lados y creía que era un hombre de importancia religiosa; escuchaba voces todo el tiempo. Parecía un sueño del cual nunca despertaría..."

Durante treinta años, la enfermedad lo alejó del escenario científico. En la década de 1990, una inesperada remisión de la enfermedad hizo que ignorara los delirios y regresara a enseñar en Princeton, ganando premios académicos internacionales y el Premio Nobel de Ciencias Económicas en 1994.

Él afirmó: "Quizá mis pesadillas nunca se irán. Aún veo cosas irreales. Tan solo decidí no prestarles atención. Hago una dieta para la mente. Decidí no favorecer ciertos apetitos". Nash consiguió ejercer control sobre su imaginación, a pesar de la enfermedad. Si una mente enferma pudo lograrlo, imagina la capacidad de una mente normal para definir en qué se ocuparán sus pensamientos.

Tenemos en promedio cincuenta mil pensamientos diarios, buenos y malos. Tendemos a aceptar pensamientos negativos, que rápidamente se salen de control, absorben energía y nos inmovilizan.

Muchas veces somos infelices por los pensamientos que tenemos con respecto a alguien o a algo, y no necesariamente por lo que hicieron.

Necesitamos aprender a pensar diferente. Por el poder divino, desafía cada pensamiento destructivo, sustituyéndolo por los verdaderos, respetables, justos, puros, amables y de buen nombre, como la Palabra de Dios nos aconseja.

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