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Adoptadas

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Para rescatar a los que estaban bajo la Ley, a fin de que fuéramos adoptados como hijos. [...] Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y como eres hijo, Dios te ha hecho también heredero (Gálatas 4:5, 7).

Con pocos meses, sin sus piernas, una sonrisa radiante y mucha energía, Jennifer fue adoptada por Sharon y Gerald Bricker. Jennifer aprendió a caminar y correr usando sus manos y su cadera. Creció sin miedo, subiendo los árboles y saltando en el trampolín con sus tres hermanos mayores.

Sus padres siempre hablaron abiertamente acerca de la adopción y la alentaron a conocer a su familia biológica, inmigrantes rumanos que la dejaron ir el día en que nació. Jennifer creció en una pequeña ciudad de Illinois. La primera vez que vio a alguien de Rumania fue en la televisión, durante los Juegos Olímpicos de Atlanta, en 1996. Dominique Moceanu y el equipo femenino estadounidense ganaron un oro olímpico. En ese momento, Jennifer decidió dedicarse a los saltos acrobáticos, rechazando cualquier concesión por la discapacidad.

A los diez años, disputó los Juegos Olímpicos de la Juventud. A los once, era campeona de tumbling por el estado de Illinois.

Con dieciséis años, ¡descubrió que el apellido de su familia biológica era Moceanu! Dominique, la gimnasta a quien admiraba ¡era su hermana!

Por intermedio de un detective particular, se contactó con sus padres biológicos. Ellos no negaron la adopción, pero nunca más respondieron a las llamadas. Cuatro años después, Jennifer le escribió a Dominique, contándole su historia y cómo la había inspirado a ser una gimnasta.

Años después, las tres hermanas, Dominique, Jennifer y la menor, Christina, se encontraron por primera vez. Cada una tenía una historia distinta. Jennifer había sido más amada que sus hermanas, quienes habían atravesado momentos tumultuosos, de abusos y secretos.

El papá murió antes de que Jennifer lo encontrara. Pero, en enero de 2010, a los veintidós años, conoció a su madre biológica.

Hoy, Jennifer viaja por el mundo dando charlas motivacionales y haciendo espectáculos de acrobacia aérea.

El pecado nos hizo esclavas de Satanás. Cristo, con su sangre, nos rescató y nos adoptó.

Al ser adoptadas por Cristo, tenemos asegurada la certeza de su amorosa presencia en nuestra vida y derecho a la herencia inmortal. ¡Seamos agradecidas porque él nos hizo hijas amadas de su corazón!

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