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¿Cuántas horas lees por semana?

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Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de este mensaje profético (Apocalipsis 1:3).

¿Cuántas horas dedicaste a la lectura la semana pasada? Esa pregunta forma parte de un Estudio de Salud y Jubilación (HRS, en inglés) de la Universidad de Michigan, dirigida a más de veinte mil jubilados cada dos años. Investigadores de la Escuela de Salud Pública de Yale, en 2016, revisaron doce años de datos del HRS acerca de hábitos de lectura y salud de más de 3.600 hombres y mujeres con más de cincuenta años y descubrieron esto: quien leía por lo menos media hora por día durante varios años vivía en promedio dos años y medio más que aquellos que no leían nada.

Quien leía libros por más de tres horas semanales tuvo un 23% menos de probabilidad de morir en 2011 y 2012 que el que solo leía diarios y revistas.

Los estudios muestran que los niños de tan solos seis meses cuyos padres les leen varias veces por semana presentan, cuatro años después, una mayor capacidad de alfabetización, mejores notas en test de inteligencia; y los adultos que leen consiguen mejores empleos que aquellos que no leen.

Los libros estimulan la lectura profunda, fuerzan al cerebro a pensar críticamente y a hacer conexiones entre los capítulos y entre el conocimiento poseído. Esas conexiones hacen que el cerebro cree nuevas rutas, generando un pensamiento más rápido y una mejor defensa contra la degeneración cognitiva.

Los libros son más eficientes en ese proceso, pero cualquier cosa que exponga la mente a nuevos hechos y situaciones trae beneficios: mejora el vocabulario, mejora la capacidad del cerebro para adaptarse a las lesiones; ayuda a encontrar nuevas vías, por ejemplo, alrededor de áreas damnificadas por un ACV, demencia y otras formas degenerativas.

Según el versículo de hoy, quien lee, escucha y guarda las palabras de la profecía tendrá bienestar espiritual y felicidad.

Juan, el autor de Apocalipsis, aconsejó que su libro fuera leído en las iglesias de Asia, porque su mensaje ya se aplicaba a aquellos días, y los lectores y oyentes tendrían la bendición de la comprensión de las verdades proféticas que estaban por cumplirse.

La lectura de la Palabra de Dios nos libra de la degeneración cognitiva, pero es también nuestra única salvaguardia contra la degeneración espiritual. Aceptemos la bienaventuranza de los que leen, oyen y guardan las palabras de la profecía.

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