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Cuánto tiempo y energía gastamos a diario tratando de resolver 19 callejones sin salida, aflicciones, dificultades relacionales y rabia con nuestras propias manos. Nos olvidamos de que, más allá de nuestro problema, hay muchas cosas en juego que nuestros esfuerzos y sabiduría no disciernen. Por eso, es Dios quien debe actuar. Y eso solo sucede cuando le entregamos el asunto a él en ferviente oración.
Al orar, le estamos reafirmando al diablo que él no sabe nada, ni nosotros, pero el Dios todopoderoso es capaz de mover montañas, si fuera necesario, para actuar en nosotros.
Jesús había estado en el monte de la transfiguración con tres de sus discípulos. Los demás habían esperado al pie del monte. Varias personas se aglomeraron en el lugar a fin de ser atendidas por él. Al bajar, Jesús notó que las cosas con sus discípulos no estaban bien. Un padre les había traído a su hijo para ser librado de un mal espíritu. Los discípulos habían recibido de Jesús autoridad sobre esos espíritus y, mientras manifestaron fe, tuvieron éxito. Ahora, sin embargo, el demonio se burlaba de ellos. Sin entender el porqué de la derrota, percibieron que estaban deshonrándose a sí mismos y al Maestro. Los escribas oportunistas y el pueblo los desdeñaban. Al acercarse Jesús, todo quedó en silencio. Su rostro, y el de sus tres amigos, brillaba, despertando reverencia. Los escribas retrocedieron.
Jesús preguntó qué estaba sucediendo. Entonces el padre, a los pies de Jesús, desahogó su angustia y decepción. Jesús miró a la multitud expectante, los fingidos escribas y los perplejos discípulos. Con tristeza, vio la incredulidad en los corazones.
Seguido a esto, una escena degradante se extendió ante todos. Un ser creado a la imagen de Dios se revolvía y lanzaba espuma, soltando gritos animalescos. Y, bajo la mirada de todos, Jesús ordenó al espíritu inmundo que saliera. Y el niño fue librado.
En cierta oportunidad, escuché que el diablo se ríe de nuestros esfuerzos y ridiculiza nuestra sabiduría, pero tiembla ante nuestras oraciones. Sea cual fuere el motivo de nuestra aflicción, necesitamos asirnos de esa arma segura: la comunión con Dios, que despierta la fe que nos une al cielo, capacitándonos con la fuerza necesaria para vencer.
Invierte tiempo en aquello que más hace temblar al diablo, y él no tendrá suficiente fuerza para llevar a cabo sus malévolos planes en tu vida.