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Ya presenciaste a alguien desesperado que, en el momento del sufrimiento, haya dicho: "¿Qué hice de malo para sufrir tanto?". Entender la cuestión del sufrimiento forma parte de las búsquedas del ser humano. ¿Por qué sufrimos? ¿Quién es el responsable? Hombres célebres como Freud y Clive S. Lewis se hicieron la misma pregunta.
Freud finalmente decidió que sería ateo porque un Dios amoroso no permitiría el sufrimiento.
Durante varios años de su vida, Clive S. Lewis también se rindió al ateísmo por el mismo motivo. Finalmente, fue sorprendido por la alegría, al descubrir quién era Dios de hecho y entender que él no es el responsable por el sufrimiento humano.
Vivimos en un mundo bajo la sombra de la maldición del pecado. Por más que vivamos diariamente buscando a Dios, estamos todos igualmente sujetos al sufrimiento.
A veces, creemos que merecemos ser excusados porque somos mejores que aquellos que no buscan a Dios. Y que quizá Dios esté siendo injusto con nosotros. Salomón, en el versículo de hoy, llama a esa aparente paradoja "vanidad".
Cuando enfrentamos problemas, muchas veces corremos a Dios en busca de una solución inmediata. Sin embargo, aunque Dios no es la causa de los problemas, él obra por medio de ellos para manifestar sus propósitos, los cuales son mucho mayores que la resolución de los problemas, curas o el alivio del dolor. Él desea solucionar un problema mucho mayor: el pecado incrustado en nosotros. Quiere despertarnos, esculpirnos y purificarnos para la vida inmortal y eterna, la cual requiere una intensa preparación aquí.
Dios no nos está castigando ni está siendo injusto con nosotros al permitir el sufrimiento. El mundo y su dios inicuo nos están castigando y siendo injustos con nosotros para que culpemos a Dios o lo neguemos y nos alejemos de él.
Levanta tus ojos y mira al Dios de amor, más allá de las lágrimas, dolores y clamores. Somete tu vida cuanto antes con humildad al precioso trabajo que él desea realizar en ti, a fin de estar lista en aquel gran día, cuando tu recompensa provenga directamente de las manos del Padre de amor: "Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo" (Mat. 25:34). ¡Qué gloria será esa!