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En la región de Timnat, al sur de Israel, una región donde los israelitas acamparon durante muchos años, hay una réplica en tamaño real del Santuario: el templo móvil que acompañó al pueblo de Israel durante cuarenta años y cuyas instrucciones detalladas para la construcción Dios había dado a Moisés en el Sinaí.
Para una ilustración didáctica, como fue la del Santuario, Dios quería llevar a su pueblo a percibir la santidad de sí mismo y de su Ley eterna, que mostraba la gravedad del pecado y señalaba al Cordero. La obediencia debería ser la respuesta de gratitud a Dios por ese medio de salvación.
Aarón, hermano de Moisés, era sumo sacerdote y padre de Nadab y Abiú. Por debajo de su padre, ellos eran los líderes espirituales más importantes en Israel. Habiendo sido llamados por Dios, subieron al Sinaí con Moisés y otros ancianos. Allí comprendieron la santidad, reverencia y seriedad necesaria para lidiar con las cosas sagradas. Esos privilegios hacían que su responsabilidad fuera grande ante Dios y el pueblo.
"La gran luz y los privilegios otorgados demandan reciprocidad de una virtud y santidad correspondientes a la luz recibida. [...] Las grandes bendiciones o los privilegios no debieran adormecer en la seguridad o la negligencia" (Elena de White, Patriarcas y profetas, pág. 374).
Entonces una sombra se posó sobre la familia sacerdotal. Por una deliberada transgresión, Nadab y Abiú usaron fuego extraño en el incienso, en lugar del fuego encendido por Dios. Por ese grave pecado, no podrían salir impunes, y murieron fulminados por el fuego divino.
Dios es amor, pero también es justicia. Nadab y Abiú habían experimentado las dádivas divinas del conocimiento y de las manifestaciones de Dios, y no habían desarrollado el hábito de la obediencia y la firmeza por lo que es recto.
El Señor solo le permitió a Aarón que permaneciera en silencio por la muerte repentina de sus hijos. Cualquier otra manifestación demostraría simpatía por el terrible pecado que habían cometido, llevando al pueblo a murmurar. Dios reprueba la falsa simpatía por el pecador, que le disculpa el pecado, amortigua sus percepciones morales, disminuye el tamaño de su error y le impide buscar el arrepentimiento.
Es peligroso condescender con la desobediencia. Al administrar tu hogar, no seas movida por la falsa simpatía, minimizando los errores explícitos de tus seres queridos, entorpeciendo la obra que el Espíritu Santo de Dios desea realizar en el corazón de ellos. ¡Sé un instrumento de salvación!