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Cuando el profeta Samuel falleció, toda la nación de Israel se juntó para llorar su muerte y sepultarlo en Ramá. Como profeta y juez, había sido un gran hombre. Por ese motivo, el pueblo lloraba profundamente su partida.
Fue un momento de profundas reflexiones del pueblo, mientras silenciosamente observaban su lugar de descanso. Desde pequeño, Samuel había sido íntegro de corazón, fiel y obediente a Dios. Por eso, aunque Saúl era el rey, el profeta todavía seguía ejerciendo una mayor influencia sobre el pueblo.
Ellos finalmente percibieron el error fatal que habían cometido al haber deseado un rey como las naciones vecinas. Veían la decadencia espiritual en la que se encontraban como consecuencia de las acciones de su líder Saúl. ¿Cómo pudieron haber rechazado como gobernador a alguien que había tenido una conexión tan íntima con el Cielo? Samuel había sido quien les había enseñado a amar y obedecer a Dios.
Samuel también había sido el fundador y director de las escuelas sagradas. Era a él a quien el pueblo acudía cuando enfrentaba dificultades, porque había sido él quien constantemente había intercedido junto a Dios en favor de sus mayores intereses.
Con su muerte, se sentían inseguros y abandonados. Justo cuando más necesitaban de la serenidad y de los consejos del profeta, Dios le dio reposo al anciano siervo. Su rey era desequilibrado, aliado de Satanás, y estaba más preocupado por mantener su popularidad y poder. No había justicia, y el caos reinaba.
David no pudo estar en la ceremonia fúnebre del profeta que amaba; pero derramó lágrimas copiosas y sentidas, como un hijo devoto lo haría por un padre afectuoso. David sabía que la muerte del profeta lo exponía aún más a la ira y al deseo de venganza de Saúl. Eso lo hizo sentir que, a partir de entonces, su vida corría mayor riesgo que antes.
Mientras Saúl se ocupaba del funeral de Samuel, David buscó mayor seguridad, huyendo al desierto de Parán. Allí, compuso los salmos 120 y 121, cuyas palabras están en el versículo de hoy. En aquellas desoladas y áridas regiones, en profunda reflexión de la pérdida de un gran apoyo y de que su peligro había aumentado, cantó: "Mi ayuda proviene del Señor".
¿Estás viviendo un momento de angustia y pérdida? ¡No tengas miedo! Recuerda, como David, de dónde viene la verdadera ayuda. ¡Esa nunca fallará!