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Igunos niños fueron puestos en un salón, con un malvavisco cada uno. Los que consiguieran esperar a que "el tío" regresara con el dulce entero recibirían dos más.
Eso se llamó "Prueba del malvavisco", una serie de estudios hechos al final de los años 1960 y principios de los años 1970, liderados por Walter Mischel, entonces profesor de la Universidad de Standford.
Regresando al salón, tras unos minutos, el investigador observó que algunos niños no habían podido contener el deseo y se habían comido el dulce antes de su llegada. Otros, indecisos, habían comido un pedazo. Un número reducido había conservado el dulce entero.
Aunque existen objeciones a esta prueba, se demostró que la capaci- dad de posponer recompensas es una victoria de la razón sobre los impulsos: una señal de inteligencia emocional.
Esaú hubiera comido el malvavisco antes de tiempo. Posponer las recompensas no era su fuerte. Ni bien sintió el aroma del guiso, permitió que el deseo gobernara su razón y perdió la primogenitura.
En otro extremo, Jesús, después de una abstinencia de cuarenta días, siendo tentado por el diablo a tener alimento instantáneo, se mantuvo bajo el dominio de la razón, fue capaz de identificar las tentaciones y no cedió a la autosatisfacción.
Posponer la recompensa es un arte que deben aprender todos los que desean estar capacitados para lidiar con conflictos. En términos espirituales, esa capacidad, obtenida en las audiencias diarias con Dios, nos trae victorias. Mantente atenta a la tentación de las recompensas inmediatas. Mantén el foco en la recompensa a largo plazo, la cual disfrutarás por la eternidad.