|
José había sido tratado sin misericordia por sus hermanos y fue llevado a Egipto. Había sido respetado por todos hasta ser asediado por la esposa de Potifar. Por no haber cedido a sus insinuaciones, fue llevado a prisión. Salió de allí para interpretar el sueño del faraón y, demostrando sabiduría y perspicacia, se tornó gobernador de Egipto.
Cuando estuvo en el poder, José podría haberse vengado de sus hermanos. Bajo su administración, inmensos depósitos fueron construidos por Egipto y se tomaron amplias disposiciones para preservar el excedente de la cosecha que se esperaba en los años de abundancia.
Mientras tanto, a medida que sus hermanos iban envejeciendo y acumulaban más experiencia en la vida, más culpables se sentían por lo que habían hecho. Tal vez, hasta se culpaban cuando surgía una situación difícil, creyendo que se trataba de un castigo divino. Al menos así reaccionaron cuando fueron amenazados por el hambre que asolaba a Canaán y descendieron a Egipto para comprar alimentos.
Cuando llegaron a Egipto, se arrodillaron ante José. Él reconoció a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron. Tenía otro nombre y ese líder se parecía muy poco comparado con el adolescente que habían vendido a los ismaelitas.
Cuando José vio que sus hermanos se curvaban ante su presencia, recordó sus sueños. Como no sabía si el corazón de ellos había cambiado, los puso a prueba. Exigió que le trajeran a su hermano menor, colocó su copa de oro en la bolsa de Benjamín y les devolvió el dinero en sus bolsas.
Estos acontecimientos les recordaron su crimen, y nuevamente se sintieron culpables. No tenían paz. Así que decidieron, de una vez por todas, confrontar su pecado, tan grave como era. El versículo es claro: admitieron su error y vieron la sucesión de los hechos como consecuencia directa de su mal comportamiento.
La conciencia culpable, después de cometer lo que sabían que estaba mal, era un cruel tirano. ¿Es ese tu caso? No cargues con esa culpa por más tiempo. La única manera de escapar de las culpas legítimas es enfrentándolas, reconociendo el error y aceptando el perdón ofrecido gratuitamente por Dios. ¡Acepta esa cirugía hecha por el gran Médico del alma, que resulta en una vida transformada!