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Escuchaste la siguiente canción infantil? Su letra dice: "Cuidadito mis manitas lo que tocan, cuidadito mis manitas lo que tocan, pues conmigo está el Señor y me mira con amor, cuidadito mis manitas lo que tocan". Recuerdo que la cantaba muchas veces cuando era niña. No imagino que haya sido la intención del autor mostrar a Dios como un tirano, que está mirando todo lo que hacemos mal para condenarnos. Interpretaciones aparte, no podemos perder de vista la omnipresencia de Dios: no hay nada que podamos esconder de él. Dios todo lo sabe y todo lo ve; no porque quiera condenarnos, sino porque quiere salvarnos de nosotros mismos y de nuestra naturaleza pecaminosa.
El bello y puro José había sido tentado súbita, fuerte y seductoramente por la mujer de su señor. Si se resistía, corría el riesgo de ser condenado a prisión y, tal vez, hasta podía ser condenado a muerte. Si cedía, habría encubrimiento, favores y recompensas. ¿Qué haría? ¿Le daría la victoria a los principios que tan bien conocía y que guiaban su vida? Elena de White, en el libro Patriarcas y profetas, describe así ese momento: "Los ángeles presenciaban la escena con indecible ansiedad" (pág. 217). José se mantuvo firme a sus principios. No traicionaría a su señor en la tierra, e, independientemente de las consecuencias, sería fiel a su Señor en el cielo.
Si habitualmente tuviéramos la impresión de que, donde sea que estemos y lo que quiera que hagamos, nos hallamos en la presencia de Dios -que ve y oye todo lo que hacemos o decimos y que conserva un registro fiel de nuestras palabras y acciones-, tendríamos más recelo de pecar.
Podemos transgredir las leyes humanas, sin ser descubiertos, pero es diferente con la ley de Dios. Cada acción, cada palabra, cada pensamiento, y aún los motivos más íntimos de nuestro corazón son percibidos por un Testigo invisible.
Él no está atento para condenarnos, sino porque desea ardientemente transformar nuestro carácter a su semejanza, para que muy pronto estemos con él en el lugar perfecto que nos preparó.
El argumento final y más fuerte de José fue su temor a Dios. Nadie peca solito. Casi siempre los pecados involucran a otros. Tampoco nadie peca sin ofender a Dios. José tenía plena conciencia de la presencia divina.
Tengamos también ese sentido de la presencia de Dios y, cuando seamos tentados, digamos: "¿Cómo podría yo cometer tal maldad y pecar así contra Dios?".