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¿Imposible?

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No podremos combatir contra esa gente. ¡Son más fuertes que nosotros! (Números 13:31).

Muchos milagros ya habían sucedido desde que el pueblo de Israel había partido de Egipto. Habían visto las plagas cayendo sobre los egipcios; habían cruzado el mar Rojo; habían sido testigos de la majestad y del poder de Dios al recibir los mandamientos; fueron partícipes de la construcción del tabernáculo, incluso habían ofrecido los sacrificios allí y habían aprendido de sus simbolismos; y también habían visto cuáles fueron las consecuencias de la desobediencia y rebeldía de Nadab y Abiú.

Así que tenían motivos más que suficientes para confiar en la providencia divina, en su amor y cuidado, y para no desanimarse frente a las imposibilidades.

Cerca de la frontera con la tierra prometida, Moisés conversó con Dios y definieron doce príncipes, uno de cada tribu, para que conocieran la región y al pueblo, los recursos naturales, las condiciones de productividad, y que trajeran del fruto de la tierra.

Durante cuarenta días inspeccionaron el país de sur a norte y volvieron trayendo un cacho enorme de uvas, granadas e higos, y las informaciones acerca del lugar.

Al ver los frutos de la tierra, el pueblo se entusiasmo, pero los diez espías, tentados por Satanás, exageraron, contando algunas noticias falsas. Hablaron de las dificultades y peligros que la tierra prometida ofrecía: naciones terriblemente poderosas, muros enormes, un pueblo demasiado fuerte... Y rotularon el proyecto de alcanzar la tierra prometida como imposible. Bajo la sombra de ese informe, el pueblo se desesperó. ¡Ah! Esa tendencia humana de dar tanto crédito a las insinuaciones diabólicas del enemigo. "¡No lo vas a conseguir!", "¡Mira su tamaño!", "¿Y Dios?, ¿crees que a él le importa esto?". Todo lo que Satanás quiere es disminuir en nosotros la visión de quien es Dios y de los milagros que él ya hizo, llevándonos al fracaso mientras alimentamos pensamientos derrotistas.

El pueblo perdió tiempo y energía con reclamos e incredulidad frente a la situación, culpando a Moisés y a Dios por haberlos puesto en una situación sin solución. ¡Cuántas veces actuamos de la misma manera! Permitimos ser cegadas en relación con lo que Dios nos hace, y actuamos como si fuéramos criaturas lanzadas injustamente en este mundo, sin nadie que luche por nosotros.

En este día, no caigas en esa trampa satánica, confía en aquel que te creó, que te rescató con su sangre y que obra diariamente maravillas en favor de tu salvación.

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