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Frente a la desesperación del pueblo al oír las informaciones exageradas de los diez espías, se levantó un príncipe lleno de coraje que no se contuvo viendo la cobardía e incredulidad de sus diez colegas. Hizo que el pueblo se callara y los convocó a subir y conquistar la tierra.
Aun así, los israelitas seguían creyendo en lo que querían. No pretendían elegir aquello que exigiría de ellos fe en el poder divino, el cual ya los había enfrentado a tantas pruebas.
Caleb, el príncipe lleno de coraje, tuvo un aliado: Josué. Y los dos insistieron. Creían en el poder de Dios y en sus promesas. No habían pasado años por el desierto a cambio de una incredulidad banal. Ese tiempo les había proporcionado la confianza en la posibilidad y en el propósito divino de darle al pueblo la tierra prometida.
Su coraje tuvo un precio. Los diez colegas no estaban dispuestos a dar el brazo a torcer e incitaron al pueblo a que los apedrearan.
La multitud insana tomó piedras y avanzaron con gritos furiosos. De pronto, las piedras súbitamente cayeron de sus manos y las personas temblaron de miedo. Dios intervino. El pueblo vio eso y cesó la resistencia. Los espías de sentimientos negativos bajaron la cabeza, llenos de miedo, y desaparecieron en sus tiendas.
Dios quería destruir al pueblo y hacer de Moisés otra nación, pero él nuevamente se opuso. Dios libró a Israel de ser destruido inmediatamente, pero los diez espías infieles murieron delante del pueblo. Y el pueblo tuvo que volver en dirección al mar Rojo.
Ellos lamentaron las consecuencias, pero no se arrepintieron de su ingratitud y desobediencia. Se habían quejado de cosas irreales, y ahora Dios les daba un motivo real para llorar.digi
Pasaron la noche lamentándose, pero por la mañana cambiaron de idea; y, de un extremo, fueron al otro. Habían rechazado la idea de avanzar para conquistar la tierra. Ahora lucharían a cualquier precio, aún sin la autorización divina.
¡Cómo el ser humano se vuelve un rehén de Satanás cuando se niega a confiar y a obedecer! Si Dios nos invita a avanzar, confiemos en él y obedezcamos. Él no se limita a las imposibilidades humanas. El milagro es suyo.
¿Enfrentas el desafío de una misión difícil? ¡Avanza! ¡Sube y posee la tierra! ¡El Señor está contigo! Pero, si él te dice que retrocedas, obedécelo. Dios conoce "el detrás de escena" mejor que nosotros, y a veces posterga las victorias para enseñarnos lecciones.