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Las estadísticas aseguran que las personas mienten cerca de doscientas veces por día y, en promedio, una vez cada cinco minutos, haciendo falsos elogios, dando disculpas sin sentido o mintiendo descaradamente.
Hay muchas razones por las que las personas mienten: por miedo a las consecuencias, por baja autoestima, por presiones externas, para obtener ventajas o por motivos patológicos.
La salud mental solo es compatible con la verdad. Los estudiosos del comportamiento dicen que, en estados neuróticos, la mentira puede reflejar la incapacidad de la conciencia de aceptar hechos del inconsciente o por baja autoestima, intentando mostrar algo mejor de lo que se cree ser. En las psicosis, la mentira surge en forma de delirio: las situaciones bizarras son descritas como verdaderas.
Los hijos de padres represivos o permisivos frecuentemente adquieren el hábito de mentir.
La mentira genera dependencia, cuando es repetitiva. Sus dependientes saben que están mintiendo; pero, como en cualquier otra adicción, esas personas pierden el control sobre sus propias decisiones.
En personas normales, el subconsciente no consigue mentir. El cuerpo denuncia: ¿ya escuchaste a alguien contar algo triste, sin que su rostro exprese tristeza? Eso significa un conflicto de emociones. Existen expresiones y movimientos con la boca, en los ojos y en el cuerpo que naturalmente las personas hacen cuando mienten, demostrando una desconexión con las palabras. La mentira es siempre algo que está mal, aun aquellas consideradas inofensivas para justificar situaciones cotidianas, como: "Se me hizo tarde", "Perdí tu contacto", "Estaba sin internet", cuando la verdad no era exactamente esa.
La Biblia cita varios ejemplos de las consecuencias de la mentira. Eva fue engañada por la mentira de la serpiente, y hoy el pecado reina. Ananías y Safira mintieron al Espíritu Santo y sufrieron una muerte instantánea.
Hacer de la mentira un hábito es grave porque esa mala costumbre está conectada al carácter. Y el carácter es aquello que llevaremos al cielo. Dios abomina la mentira y no llevará a los mentirosos al cielo. "Nadie piense que puede esconderse de la ira de Dios detrás de una mentira, porque Dios quitará del alma el refugio de la mentira" (Elena de White, Testimonio para los ministros, pág. 199).
Satanás es el padre de la mentira. Como hijas de Dios, digamos solo la verdad.