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El día amaneció lluvioso y ventoso. Pronto, el arcoíris contornó el paisaje. Atravesamos el valle del Cedrón, a lo largo del muro oriental de Jerusalén, que separa el monte del Templo y el monte de los Olivos. Ese valle, donde antiguamente el agua fluía, hoy está seco. En él se ven muchas tumbas judías. El rey David, mientras huía de Absalón, cruzó el valle a pie. Jesús también cruzó ese valle algunas veces, cuando viajaba entre Jerusalén y Betania.
Llegamos al monte de los Olivos, del hebreo Har Hasetim, donde está el jardín del Getsemaní (Gat Semanim), que en hebreo significa "prensa de aceite". Antiguamente, muchos olivos cubrían sus pendientes.
En las cercanías de Jerusalén había muchos "getsemaníes" para prensar las aceitunas. Pero ese jardín específico se hizo famoso por la agonía de Jesús. Caminando silenciosamente alrededor de esos olivos, medité en los momentos que antecedieron a la crucifixión de Cristo.
Era una noche de luna llena. Jesús y sus discípulos caminaban lentamente desde el valle del Cedrón al monte de los Olivos. Cuando llegaron al jardín del Gat Semanim, Jesús permaneció en silencio. En ese lugar, había orado y meditado muchas veces. Con tristeza inexpresable sintió que había llegado la hora de la separación que el pecado produce entre Dios y el hombre. ¿Soportaría esa sentencia divina?
Los discípulos nunca lo habían visto angustiado. Cada paso era dado con mucho esfuerzo. Gemía en voz alta. Dos veces lo sostuvieron para que no cayera. Confusos e inconversos no entendían nada. Durmieron y lo dejaron solo.
A una pequeña distancia de los discípulos, Jesús se postró en tierra. Rehén de nuestras culpas, bajo la mira de la justicia divina, temblaba ante el pensamiento de no resistir al enfrentamiento decisivo. Si eso sucedía, el demonio vencería.
El mal tentaba a Jesús: "Aquellos que viniste a salvar te rechazarán; te negarán y te traicionarán. ¡Desiste!".
Jesús despertó a sus amigos, pero ellos se durmieron nuevamente. Aun cuando estaba agonizando, no los reprendió. Volviendo al lugar de angustia, vertió sudor en forma de grandes gotas de sangre. La naturaleza cubría su cuerpo con el rocío de la noche, como si llorara sobre él.
Se cumplía la profecía. Sería molido por nuestras transgresiones. Su castigo nos traería paz y salvación de la muerte eterna. ¡Piensa en lo que él pasó por ti!!