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El profeta Elías había sido escondido en las montañas, cerca del arroyo de Querit, y había sido alimentado milagrosamente por los cuervos durante meses. A raíz de la sequía, el arroyo se había secado y Dios le ordenó que fuera a una tierra pagana.
Llegando a la puerta de la ciudad de Sarepta, en Sidón, encontró a una viuda que recogía leña para encender un fuego y hacer la comida. Le pidió agua y pan. Ella podía darle agua; pero pan era imposible. ¡Pobre mujer! Lo único que le restaba era un poquito de harina y aceite para preparar la última comida para ella y su hijo. ¿Qué madre amorosa dejaría a su hijo llorando de hambre para dar su única comida a un extraño?
Esa mujer no era israelita, no servía plenamente a Dios, y, sin dudas, debe haber estado angustiada. ¿Dejaría que su hijo pasara hambre? Era un extranjero quien le pedía pan. Pero ella poseía el verdadero espíritu cristiano. Por eso, Dios envió a su profeta justamente a ella.
En medio de la pobreza y el hambre, la llegada de un extraño pidiendo su único alimento fue la máxima prueba de fe en el poder de Dios. Cuando le dijo al profeta que no tenía nada para ofrecerle, él le dijo que no se preocupara. Ella debía preparar el último alimento para él, y, luego, para ella y su hijo. Dios había prometido que la harina y el aceite no se acabarían.
Esa viuda había sido, hasta entonces, bondadosa y generosa con los extranjeros. Al oír al profeta decir que Dios proveería el alimento, confió y, despreocupada por las consecuencias de su acción, enfrentó la prueba de la hospitalidad, obedeciendo a Elías. La maravillosa hospitalidad de esa pobre viuda y su fe fueron recompensadas. Y durante muchos días nada faltó en su casa.
Más tarde, su hijo murió. Desesperada, clamó a Elías y al Señor, quien, al oír la oración de Elías, volvió a dar vida al niño.
La viuda de Sarepta compartió su único bocado con Elías. Como recompensa, la vida de su hijo fue preservada.
¿Ya te sentiste agotada y vacía para ofrecer algo a otra persona y, aun así, Dios te sugirió algo absurdo? No te asustes, esos absurdos son bendiciones disfrazadas que, si son aprovechadas, resultarán en milagros. Él no dejará que pase desapercibido y sin recompensa ningún acto de bondad manifestado en su nombre.