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Lazos Mayores QUE LOS DE SANGRE

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¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? -respondió Jesús. Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre (Marcos 3:33, 35).

A menudo, los cambios familiares son marcados por la tensión. Cuando los hijos nacen hay ajustes de tiempo y prioridades. A medida que crecen, los desafíos varían y aumentan.

Hay reveses conyugales, diferencias entre hermanos, desentendidos con los padres, peculiaridades de la familia extensa: cuñados, suegros, sobrinos, etc. Hay alegrías, pero ninguna familia está exenta de conflictos.

La familia de Jesús no fue la excepción. Los hermanos de Jesús se avergonzaban de él y lo llamaban loco. Él se fue a vivir con personas con las cuales se sentía más a gusto.

Cierta vez, rodeado por una multitud, alguien le avisó que su madre y sus hermanos querían verlo. En el versículo de arriba está la respuesta de Jesús. Para su familia, sus palabras pudieron haber sonado despectivas, en especial para su madre.

María, aún muy joven, había recibido la visita de un ángel que le anunció que sería madre del Mesías. ¿María estaba libre de enfrentar las tensiones que enfrentamos cada una con nuestra familia? El cambio que enfrentó fue mayor que el nuestro. Necesitó aprender a relacionarse con su hijo, no como alguien con quien tenía solo lazos de sangre, sino como Dios mismo. De la función de madre necesitó pasar a la función de seguidora, de discípula.

Muchas veces, asumimos funciones que no nos pertenecen. Queremos ser "diosas", resolver los problemas del mundo, cambiar a los demás, controlar... Y, cuando no lo conseguimos, nos sentimos frustradas.

No es esa la función que el Cielo nos dio. Una cosa es ser madre y cumplir el papel de cuidadoras de nuestros seres queridos. Otra cosa es reconocer nuestros límites en algunas situaciones y ver a nuestros amados como hijos de Dios. La solución de ciertos problemas de nuestros hijos le compete al Padre de todos, no a nosotras.

Nuestro compromiso con él nos dará sabiduría para interactuar de manera equilibrada y asertiva. A veces, es necesario dejarlos, no sufrir tanto por ellos, no resolver sus problemas, no librarlos de las consecuencias de sus actos.

María aprendió la lección, colocando su relación con Dios por encima de su relación familiar. El consejo para hoy es: aprende a tranquilizarte y a reafirmar diariamente tu relación con Dios por encima de la relación con tus lazos de sangre.

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