|
Era la época de fiestas en Jerusalén y la ciudad estaba llena de peregrinos. Yendo al templo en sábado, Jesús vio el estanque de Betesda, construcción común en las sinagogas antiguas por su uso en los rituales de purificación.
Algunas veces, esas aguas se movían. El pueblo, influenciado por creencias paganas, creía que ángeles movían las aguas y que el primero que entrara en ellas se sanaría de cualquier enfermedad. Centenares de enfermos aguardaban que las aguas se agitaran y se precipitaban al estanque, atropellando a los más débiles.
Algunos más debilitados eran llevados por alguien y dejados allí. Muchos morían. Había refugios alrededor del estanque para proteger a los enfermos del calor del día y del frío de la noche. Algunos pasaban la noche alrededor, arrastrándose hacia las aguas día tras día.
¡Qué escena deprimente! Como era sábado, Jesús no quiso comprometer su misión. Había en la región un hombre que estaba paralítico hacía 38 años. Era solitario, y vivía deprimido, sintiéndose miserable e indigno de la gracia divina. Cada vez que se movía el agua esperaba que alguien lo condujera al estanque. Pero siempre llegaba otra persona primero.
Moribundo, yacía en su litera cuando sus ojos se cruzaron con la mirada tierna y compasiva de Jesús, y lo escuchó decir: "¿Quieres quedar sano?". La esperanza renació. Y él respondió: "Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque mientras se agita el agua" (Juan 5:6, 7).
Jesús comprendió su visión espiritual distorsionada y no le pidió que tenga fe en él. Le ordenó: "Levántate, recoge tu camilla y anda" (vers. 8).
El hombre no dudó un instante. Un nuevo vigor le renovó cada nervio y músculo, llenando de salud su cuerpo paralizado. Rápidamente obedeció a la orden y se puso en pie. Podría haber cuestionado las palabras de Jesús, pero creyó, obedeció y fue curado.
En tiempos de dudas, se multiplican nuestros cuestionamientos y racionalizaciones, somos tentadas a cuestionar las órdenes de Dios. Mientras nos resistimos a ser obedientes y a confiar en la Palabra de Dios, seguimos debatiéndonos, arrastrando el sufrimiento sin fin.no
Tú también necesitas la cura divina. ¡Alza tus ojos! El amoroso Salvador te mira con ternura y piedad, y pide que te levantes y andes. No necesitas esperar a estar sana. Cree y obedece a su Palabra y él te restaurará, sea cual sea tu historia de condescendencia que te llevó a ser cautiva de la camilla del pecado.