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Buscando Culpables

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La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí (Génesis 3:12).

Un curso del secundario me enseñó una gran lección. Yo salía de su clase frustrada por su falta de compromiso e interés. Las semanas pasaban y no veía progreso. Al final del primer bimestre, las notas fueron bajas.

Comencé a cuestionarme cuál era el problema. Un día, les pedí a los alumnos que evaluaran las clases. Les dije que nada de lo que escribieran comprometería mi relación con ellos, ni sus notas. Recogí las observaciones para leerlas en casa: "Profesora, sus clases son muy aburridas"; "Usted solo habla, nunca trae algo diferente"; "¿No puede variar un poco?"; "No estoy aprendiendo nada"; "Las clases son monótonas".

Fue desafiante leer esas evaluaciones. Hubiera sido más cómodo culpar a mis alumnos por el mal resultado y por mi frustración.

En la siguiente clase, charlé con ellos acerca de mi disposición a preparar clases dinámicas y propuse una nueva evaluación de las clases en el próximo bimestre. Mientras los alumnos se dividían en grupos y se desparramaban por el suelo del salón y otros ambientes, los veía contentos, participativos e interesados. Cuando el bimestre terminó, los resultados. demostraron cuánto había valido la pena haber reconocido mi parte en la situación. La nueva evaluación me dejó satisfecha.

Después de la caída, evaluados por Dios, Adán y Eva le echaron la culpa a los demás. Desde entonces, el hombre le echa la culpa de sus fallas e infortunios a los otros, a las circunstancias, o hasta a Dios mismo. Es más fácil justificar los fracasos culpando a alguien que asumiendo nuestras responsabilidades, en las situaciones cotidianas y en las situaciones más complejas: "El bolígrafo desapareció porque alguien tocó mis cosas". "Por culpa de mi marido soy infeliz". "Las clases no rinden buenos resultados: culpa de los alumnos". "Mis padres tienen la culpa por mis problemas".

Culpar a los otros es nocivo porque nos lleva a creer que nunca somos completamente responsables por nuestra rabia, frustración, depresión e infelicidad.

Negarse a reconocer los propios errores y responsabilidades nos impide resolver aspectos de nuestra personalidad que imposibilitan el crecimiento. Si dejamos de culpar a los otros, nos apropiaremos de la autonomía y de la madurez. Y, cuando nos frustremos con algo, decidiremos ser protagonistas de la superación de ese sentimiento y de la solución de nuestros problemas.

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