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Moisés y Josué descendían del monte con las tablas de la Ley, los Diez Mandamientos, cuando oyeron una gran algazara. Josué imaginó que era un ataque de enemigos. Moisés percibió que era otra cosa. Acercándose al campamento, consternados, vieron al pueblo danzando alrededor de un becerro de oro, ¡como en las fiestas paganas de Egipto!
Moisés recién había salido de la presencia gloriosa de Dios. No estaba preparado para una escena tan degradante. Airado, quebró en el suelo las tablas de piedra delante del pueblo. En seguida, tiró el ídolo al fuego hasta reducirlo a polvo, lo derramó sobre las aguas y se lo dio a beber al pueblo.
Moisés llamó a su hermano, que se defendió diciendo que había sido amenazado por el pueblo. Quería convencer a Moisés de que había ocurrido un milagro: el oro lanzado al horno se había transformado en un becerro por un poder sobrenatural. Moisés no aceptó sus explicaciones y lo trató como al principal culpable.
Aarón había sido más bendecido y honrado que el pueblo, como portavoz de Moisés, aquel por quien Dios había actuado trayendo su juicio sobre los egipcios; Aarón había estado con Moisés en el monte y visto la gloria del Señor. A él Dios le había confiado el gobierno del pueblo en ausencia de Moisés, pero Aarón había deshonrado a Dios haciendo un ídolo y autorizando el pecado del pueblo. Eso hizo que su pecado fuera muy grave y Dios quiso destruirlo. Solo se libró por la intercesión de Moisés. Arrepentido y humillado, fue aceptado por Dios.
Aarón podría haber impedido la apostasía si se hubiera mantenido firme, recordando al pueblo el pacto solemne que habían hecho con Dios de obedecer su ley. Pero, su espíritu condescendiente y el deseo de agradar cegaron sus ojos a la proporción del pecado que había permitido. Por su irresponsabilidad, Israel pecó y muchos murieron.
Dios todavía espera la lealtad de sus siervos, reprendiendo fielmente la transgresión, por más difícil que sea.
¿Ya enfrentaste en tu hogar, en la iglesia, en el trabajo o en otro lugar alguna situación en la que necesitaste posicionarte firmemente? Los principios divinos jamás deben ser negociados. No permitamos que el miedo, la vergüenza o nuestra indolencia nos hagan cómplices de faltas que puedan impedir que nosotras o nuestros seres queridos vayan al cielo.