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Elías había presentado una espectacular demostración de Dios en el Carmelo. Pero, esa misma noche, fue despertado con una amenaza de Jezabel: ella lo mataría por la muerte de sus sacerdotes.
Elías tembló de miedo y se deprimió. Pensó que lo que había pasado en el Carmelo no había cambiado la disposición de Acab y que no sucedería una reforma verdadera en el pueblo.
La lluvia torrencial aún caía, y era de noche. Sin embargo, él llevó a su ayudante hasta un lugar y, de allí, huyó solo al desierto.
¿Es posible imaginar que, después de tres años de innumerables evidencias del amoroso cuidado de Dios y después de su intrépido enfrentamiento y triunfo delante de los idólatras de Israel, ese mensaje lo desanimara tanto? Elías no estaba exento de las fragilidades humanas.
Si hubiera pedido la protección que tantas veces lo había acompañado, ¿Dios no lo habría protegido nuevamente? ¡Sí! Habría sido otra historia de victoria y un testimonio más para la impía pareja real y para el pueblo. Pero Satanás lo indujo a desconfiar de Dios.
Cansado, el profeta fugitivo se sentó debajo de un arbusto en el desierto y pidió morir. ¡No quería volver a ver a nadie! Y se quedó dormido.
"A todos nos tocan a veces momentos de intensa desilusión y profundo desaliento, días en que nos embarga la tristeza y es difícil creer que Dios sigue siendo el bondadoso benefactor de sus hijos terrenales; días en que las dificultades acosan al alma, en que la muerte parece preferible a la vida. Entonces es cuando muchos pierden su confianza en Dios y caen en la esclavitud de la duda y la servidumbre de la incredulidad. Si en tales momentos pudiésemos discernir con percepción espiritual el significado de las providencias de Dios, veríamos ángeles que procuran salvarnos de nosotros mismos y luchan para asentar nuestros pies en un fundamento más firme que las colinas eternas; y nuestro ser se compenetraría de una nueva fe y una nueva vida" (Elena de White, Profetas y reyes, pág. 119).
Aun habiendo experimentado las grandes obras de Dios en tu vida, ¿ya enfrentaste momentos de desánimo, como si nada más restara por lo cual valiera la pena vivir? No es el plan de Dios que nos dejemos llevar por el desaliento. A su debido tiempo y a su manera, Dios nos dará toda la fuerza necesaria para vencer las mayores trampas del enemigo. ¡Confiemos en él!