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David huía de Saúl. Y, en una de sus estrategias humanas y destituidas de fe, buscó refugio en las tierras de los filisteos. Pero surgió
una complicación: una guerra fue declarada entre Israel y los filisteos. ¿Y ahora? David era israelita, ungido del Señor para ser el futuro rey y defensor de su pueblo. ¿Qué debía hacer, cuando había simulado estar aliado con los filisteos y bajo su protección?
Aunque David vaciló, no abandonó su propósito de ser leal a Dios. El Señor estuvo por detrás del hecho de que los príncipes filisteos se negaran a que David los acompañara al campo de batalla. Ellos recordaban la victoria de David sobre Goliat. Y, aun cuando era perseguido por Saúl, temían que David se volviera contra ellos durante la batalla y les ocasionara la derrota.
David y sus seiscientos hombres regresaron a Siclag, donde vivían entre los filisteos. Pero ¡que desilusión! Mientras David y sus soldados estaban ausentes, los amalecitas habían invadido la ciudad, habían quemado todo y se habían llevado los despojos, las mujeres y los niños.
En shock, David y sus bravos guerreros lloraron hasta que sus fuerzas se acabaron.
Una vez más la inconsecuente decisión de David le pesó en el corazón. Enardecidos, los aliados de David comenzaron a culparlo por la desgracia y, ciegos de rabia, amenazaron con apedrearlo.
No le quedaba ningún apoyo humano. ¡David había perdido todo! Lejos de su hogar; fugitivo de Saúl; expulsado por los filisteos; la ciudad donde se había refugiado había sido destruida; su familia llevada por los enemigos; y hasta sus amigos lo amenazaban. Extremadamente angustiado, en lugar de abandonarse al dolor, David se volvió a Dios.
Recordó el pasado y sintió alivio al rememorar el cuidado de Dios en todas sus pruebas. Finalmente, ¿en qué lo había abandonado Dios? Aun bajo la carga del abandono humano, de los reclamos y del clima de descontento, David actuó con bravura y coraje y decidió perseguir a la tropa de amalecitas, pues estaba seguro de que vencerían.
Entonces los soldados se calmaron. Persiguieron a los enemigos y, lanzándose furiosamente sobre ellos, lucharon hasta vencer, recuperando lo que les pertenecía. ¿Estás en aprietos? Recuerda las veces en que fuiste cuidada y protegida por Dios en tu vida y permite que Dios reavive en ti la fe en su amor, sus promesas y su cuidado.
¡Avanza con la seguridad de que serás victoriosa!