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Señor, soy mamá. ¿Y ahora? Decidí buscar tu orientación porque me siento pequeña y sin preparación...
Un bebé llega y, durante la rutina de darle de mamar, cuidarlo, abrazarlo y mecerlo, crece como zapallito. Llegan los dientes, comienza a gatear y a caminar, desafiando las resistentes piernas de la mamita. Y surgen las travesuras...
Entonces, crece más. Habla. Y el niño es sincero. Habla todo, a cualquiera y en cualquier momento. La mamá acompaña, enseña y repite. Repetir también es una prueba de paciencia. Pasan las etapas del preescolar y del escolar. Viene la adolescencia. ¡Ah! ¡Señor! ¿Qué es esto?
La madre tiene que esforzarse para no angustiarse con las respuestas bruscas. El bebé amoroso se transformó en un niño malhumorado, ingrato y descontento con todo lo que la madre hace. Cuestiona todo, sin piedad.
¿Y el segundo hijo? La madre piensa que ya lo sabe todo... Pero tiene que aprender todo de nuevo. Y después de tantos intentos, cuando la relación con los hijos se estabiliza, la comunicación fluye, las conversaciones son maduras, y la presencia de ellos es algo placentero, se van a construir su propia vida. El nido queda vacío, y ¡la falta que hacen es tan grande!
Señor, quiero ser victoriosa, sin remordimientos por no haber sido mejor. Ayúdame a comprender que dar lo mejor de mí es intentar ser alguien mejor, buscando al Señor cada día como al objetivo más importante de la vida; es desarrollar mi carácter, según el querer divino, contemplándolo e imitándolo para ser cada día más parecida a ti.
Así seré un referente para mis hijos. Solo así creerán que vale la pena remar contra la corriente de la pérdida de valores y estarán preparados para tomar las mejores decisiones.
Aun cuando no se destaquen en la universidad, ni lleguen a ser los funcionarios mejor remunerados, y si sus cónyuges no son los más aplaudidos por la dictadura de la belleza, serán ciudadanos realizados y felices, porque quiero que sean medidos por el bagaje emocional, por la fibra moral, por la garra y serenidad delante de las adversidades, por la diferencia que harán en la vida de otros. Y, por sobre todas las cosas, que estén preparados para el cielo.
Señor, sé que me comprendes, porque tu amor es comparado con el amor de una madre. Estoy segura de que me darás la victoria y, finalmente, recibiré la recompensa mayor: estar en el cielo con mis hijos. ¡Amén!