|
Antes de la creación del mundo, Dios ya había provisto una solución, en caso de que sus criaturas le desobedecieran.
Con la entrada del pecado y sus trágicas consecuencias, Dios puso su más excelente plan en ejecución: ofreció la preciosa vida de su único Hijo para que esos hijos descarriados pudieran volver a la plenitud de la vida que otrora había planeado. Avanzando con su plan, eligió a un pueblo que había sido embrutecido por la esclavitud, por una vida de privaciones, por castigos y sufrimiento. Necesitaba esculpir a ese pueblo paso a paso, restaurando en ellos la sensibilidad plena por las cosas invisibles y la confianza de que podían ser mucho mejores que aquello en lo que se habían convertido.
Dios se empeñó, realizó hechos sobrenaturales para mostrar su cuidado incansable, su amor y dedicación. Pero, también, como Padre asertivo, permitió que enfrentaran momentos cruciales para desarrollar en ellos autonomía, autoafirmación y confianza en él.
Durante cientos de años, insistió en ese trabajo con el pueblo. ¿Por qué? Quería hacerlos alcanzar la verdadera excelencia: aquella que honra a Dios, a fin de que, por el ejemplo de vida, llamaran la atención del mundo al Dios a quien servían y que todos fueran salvos.
Infelizmente, su pueblo elegido no permitió que los planes de Dios tuviesen éxito. Y su misión como pueblo les fue retirada. Pero, Dios no desiste de salvar a todos sus hijos. Él nos llama a ti y a mí para el mismo propósito: quiere esculpirnos y llevarnos a la excelencia para que seamos sus testigos. Pero ¿estamos comprometidas con la excelencia en la vida cristiana? Por medio del trabajo incesante del Espíritu Santo, ¿hemos permitido que él nos torne mejores, diferentes a la mayoría, de forma que los que nos rodean digan: "¿Quién es ese a quien ella sirve?".
Permite que el Espíritu Santo obre la excelencia en tus hábitos, en tus pensamientos, en tus sentimientos, en tus acciones y en tus reacciones. ¡Y serás un poderoso testimonio de su amor!