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Negando a Jesús

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Te aseguro -le contestó Jesús- que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante por segunda vez, me negarás tres veces (Marcos 14:30).

En el Sanedrín, como reo de muerte, Jesús pasaría por una angustia que rompería su corazón: un discípulo lo negaría.

Después haberlo abandonado en el Getsemaní, Pedro y Juan lo siguieron, a cierta distancia. Los sacerdotes reconocieron a Juan como discípulo de Jesús, y lo dejaron entrar a la sala. Esperaban que si era testigo de la humillación de Jesús, desistiría de seguirlo. Pedro entró con él.

Aún no había amanecido y hacía frío. En el patio habían prendido un fuego. Pedro se acercó, procurando no ser notado. Aun así, una de las siervas de Caifás lo reconoció. Confuso, con los ojos del grupo fijos en él, Pedro la ignoró. Ella repetía que Pedro había estado con Jesús. Malhumorado, se quejó diciendo que desconocía a Jesús.

Al esconder su verdadera identidad, Pedro se puso en terreno enemigo. Aun cuando procuraba ocultar su interés en el juicio del Maestro, el corazón de Pedro temblaba de dolor frente a las crueles burlas y a los malos tratos a los que era sometido Jesús. A pesar de estar irritado por ver que Jesús permitía ser humillado, escondió sus sentimientos, uniéndose a los burladores de Jesús. Por segunda vez, alguien lo acusó de ser seguidor de Jesús, pero Pedro juró no conocer al Maestro.

Una hora después, uno de los siervos del sumo sacerdote le dijo a Pedro que se parecía a Jesús. Los discípulos eran identificados por la pureza de su lenguaje y, para engañar a su inquiridor, Pedro negó al Maestro con una imprecación y juramento.

Al oír al gallo, las palabras de Jesús le vinieron a su mente y, viendo que Jesús lo miraba con profunda piedad y tristeza -pero compasivo y lleno de perdón-, Pedro comprendió amargamente cuánto conocía el Señor, su corazón lleno de falsedad, ingratitud y perjurio.

Volviendo a mirar al Maestro, vio que lo abofeteaban. Incapaz de seguir allí, desapareció rumbo al Getsemaní. Allí había visto a Jesús afligido, manchado de sangre y sudor. Lo había dejado orando, angustiado y solo. Se torturó al verse responsable de aumentar su humillación y pesar. Pedro se arrojó al suelo y deseó morir. 

O Cristo sabía cuánto se esforzaría Satanás en derrotarlo. Si Pedro hubiera orado en lugar de haberse dormido, no habría negado a su Señor.

Mantente alerta. No permitas que Satanás paralice tus sentidos. Jesús ya te aseguró la victoria.

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