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El universo era perfecto y armonioso, y los seres creados le prestaban lealtad a Dios por su amor. Menor que Cristo, Lucifer era el más dotado de poder y honor entre los habitantes celestiales, pero comenzó a exaltarse y a codiciar la adoración exclusiva de Cristo. Su rebelión fue cultivada de a poco, por eso Dios se lo advertía con amor y misericordia.
Como su resistencia y envidia crecían, en una reunión general, Dios previno a los habitantes del cielo en relación con el engaño.
Los ángeles reconocieron la supremacía de Cristo y lo adoraron. Lucifer se inclinó también, pero, en su corazón, la verdad, la justicia y la lealtad luchaban extraña y violentamente contra la envidia y los celos. Comenzó a expresar su descontento a los ángeles. Insinuaba que las leyes divinas eran demasiado restrictivas y, que, si él fuera exaltado, liberaría a todos los ángeles. Fomentaba la discordia y la rebelión, bajo el pretexto de estar promoviendo la lealtad, la armonía y la paz.
Dios soportó por largo tiempo esa situación. Lucifer vio que no tenía razón. Casi retrocedió, pero su orgullo se lo impidió y se entregó explícitamente al gran conflicto contra el Creador. Nunca más reconocería la supremacía de Cristo. Buscaría su propio honor, y comandaría a sus seguidores, a quienes les prometería un gobierno nuevo, mejor y libre. Muchos ángeles lo apoyaron. El portador de luz se transformó en Satanás, el adversario de Dios y de sus hijos.
Expulsados del cielo, Satanás y sus seguidores no fueron destruidos inmediatamente. Los habitantes del cielo y de los mundos no estaban preparados para comprender las consecuencias del pecado, y algunos podrían comenzar a servir a Dios por temor y no por amor.
La tierra fue creada. Adán y Eva cedieron a las mismas mentiras contadas en el cielo.
Estamos aquí, sujetas al sufrimiento y al dolor. Para defender su carácter, Dios sigue empleando solo medios coherentes con la verdad y la justicia. Satanás aun usa la adulación y el engaño. Pero, para bien del universo, su obra debe condenarlo.
Un día, fieles e infieles reconocerán quién es Dios y quién es Satanás. Pero, para algunos será tarde. ¿Conoces el plan de salvación lo suficiente como para dar siempre el honor y el crédito debidos a Dios y confiar en que, a pesar del sufrimiento, un día su justicia prevalecerá y el mal será destruido para siempre?