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Estábamos conversando con mi primogénita y mi yerno en el auto avanzando a baja velocidad, cuando vimos el gato que había sido atropellado por el auto que iba delante de nosotros. El pobre animalito se retorcía, desesperado de dolor. Detuvimos el auto y corrimos al medio de la calle. Él reaccionaba cada vez menos, suspiraba fuerte y dejaba caer su cabecita sobre el charco de sangre. Sus ojitos, boca y nariz sangraban...
Sentimos dolor y no sabíamos qué hacer a esa hora de la noche. "Tuvo muerte cerebral". "Hemorragia interna". "Se fracturó el cráneo". Sin entender de "gatología", hacíamos los diagnósticos.
Entonces, tomamos a la criaturita en brazos y lo pusimos en la vereda. En un intento por preservarle la vida, acariciamos su espalda y movimos su cabecita: abrió los ojos, con mucho esfuerzo movió un poco el pescuezo y dio un suspiro, expulsando la sangre que le impedía respirar. "¡Está vivo!". Pusimos al gatito en una caja y lo llevamos a casa. Mi hija limpió la sangre, y él siguió intentando respirar.
Mientras cuidábamos al animalito, nos miraba con sumisión. Me quedé pensando: "Es solo un animalito, y sufrimos al verlo sufrir..."
Imagina cuánto deberíamos amar a las personas que, como ese pobre gatito, fueron cruelmente atropelladas por las circunstancias de la vida o por sus decisiones equivocadas y yacen agonizando en el asfalto emocional, cegadas por el dolor, esperando a que alguien las saque de la calle para no correr el riesgo de ser nuevamente atropelladas, alguien que limpie sus heridas, que les dé cariño y les muestre que hay cura y esperanza.
nis ¿Recuerdas la parábola del hijo pródigo, que fue recibido y bienvenido por su padre? Así es el amor de Dios.
¡Mira a tu alrededor! ¡Hay muchos hijos pródigos necesitando de ti! Sigamos el ejemplo de Cristo y ofrezcamos nuestro amor. Puede ser que algunos nos rechacen a nosotros y al amor ofrecido por Dios, pero nuestra misión es amar como Cristo amó.
om Al día siguiente, el pequeño paciente seguía en la caja donde lo habíamos puesto. Respiraba mejor y nos miró, como diciendo: "¡Gracias!". Un día, en el cielo, también alguien nos buscará y, después de un largo abrazo, dirá: "¡Gracias por haberte preocupado por mí y por haberme contado de Cristo y de la gracia que me salvó!".