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Otra guerra había sido declarada entre Israel y los filisteos. Saúl era rey y guerrero. Pero esta guerra en especial hizo que se sintiera ansioso. No estaba preparado para un enfrentamiento.
¿Qué lo había llevado a esa situación?
Saúl perseguía a David injustamente. Mientras se había dejado llevar por la locura desmedida de esa persecución, dejó a la nación desprotegida. Los filisteos sabían de la conspiración de Saúl contra David y, al ver que las defensas del reino estaban siendo descuidadas, lo invadieron.
La batalla sería al día siguiente. Desesperado, Saúl procuró la orientación de Dios, pero había rechazado su voluntad. También había desterrado a David, el elegido de Dios, y matado a los sacerdotes del Señor. ¿Cómo esperar ser atendido por Dios cuando sus medios de comunicación habían sido interrumpidos? Sin humildad ni arrepentimiento, Saúl no buscaba perdón ni reconciliación con Dios, sino verse libre de los adversarios.
Angustiado, el orgulloso rey recurrió a la hechicería. En una deplorable escena, el rey de Israel se entregó al dominio del diablo, cortando el último lazo que lo ligaba con el Creador.
Saúl cayó por tierra, postrado, cuando oyó la declaración de la hechicera. Consultando a aquel espíritu de las tinieblas, se destruyó y solo podía transmitir miedo al ejército. La predicción de los males obraría su propio cumplimiento.
En el combate mortal, muchos soldados de Israel murieron. Los tres hijos del rey fueron muertos en la batalla. Y él, herido, se quitó la vida.
Satanás sigue actuando con la misma sutileza instigando corazones no consagrados a luchar en batallas equivocadas en casa, en la iglesia, en el trabajo y en el vecindario.
¡Cuántas veces luchamos batallas equivocadas, eligiendo erróneamente enemigos externos! Deberíamos hacer una introspección y pensar dónde están nuestros mayores enemigos. Vencemos cuando luchamos las batallas correctas.
¿Qué batallas equivocadas estás luchando? ¿Llevas a cabo tu voluntad o la voluntad de Dios? ¿Atacas a tu cónyuge, a tus hijos, al hermano de iglesia, al pastor, al colega, cuando el problema -en realidaderes tú?
Enfrenta tu primera y más importante batalla al salir el sol. Elige comenzar el día en comunión con Dios, y él te mostrará contra qué enemigos reales debes luchar.