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El Ratón podrido

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No hay nada encubierto que no llegue a revelarse, como tampoco hay nada escondido que no llegue a conocerse (Mateo 10:26).

Yo estaba feliz viviendo en la última casa de la calle sin salida, al lado del terreno con árboles frutales y pajaritos cantando. Sin embargo, mi tranquilidad fue interrumpida por visitas nada bienvenidas: ¡ratas! Y, sin querer exagerar con venenos pulverizados, mi esposo y yo nos transformamos en especialistas en pastillas color rosa y verde, ratoneras de todas las variedades, trampas para ratas y otros antídotos.

Pensando que estaba libre de ellas, sentí un olor desagradable que venía de un rincón de la cocina. "¡No puede ser!", pensé. Había lavado los armarios, las puertas, las piletas y el balcón con lejía, alcohol, bicarbonato y vinagre. Después de mucho buscar, sentí que el olor venía desde atrás del refrigerador. Cuando abrí la tapa del motor, allí estaba! ¡No intentes imaginarte el olor nauseabundo! ¡Tuve ganas de vomitar! El minicadáver fue descartado. Y, después de usar mucho desinfectante, alcohol, vinagre y bicarbonato de sodio, el mal olor se fue, para mi alivio!

Tenemos errores conscientemente ocultos, los cuales negamos y, tal vez, los demás no los conozcan, pero, como la rata podrida, también dejan rastros. Quienes están cerca sienten el mal olor en forma de tensiones familiares, pérdida de confianza, inseguridad, incertidumbre y alejamiento.

Para algunas personas hay tamaños de pecado. ¡Qué engaño! Pecado es pecado, ya sea si está oculto o si todos lo notan. No puede ser medido por lo que los otros dicen de él, sino por lo que Dios dice y por la manera como tu consciencia reacciona a él.

Así como necesité descubrir la rata, si no hay reconocimiento, arrepentimiento y confesión, esos pecados traen putrefacción. El organismo producirá enfermedades, y la paz, la alegría y el contentamiento morirán.

"Pecado, vergüenza, tristeza y tinieblas están por todas partes; pero Dios sigue ofreciendo a las almas de los hombres el precioso privilegio de cambiar las tinieblas por la luz, el error por la verdad, el pecado por la justicia. Sin embargo, la paciencia y la misericordia divinas no esperarán para siempre" (Elena de White, Testimonios para los ministros, pág. 199).

¿Acaso ocultas algún error? Sé honesta contigo misma y con aquellos que te aman. No esperes a la tragedia para decir: "¿Por qué esperé tanto tiempo?". Será tarde. Expulsa a la "rata", y el mal olor se disipará.

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