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Después de 35 días internado, sometido a cirugías, antibióticos, rehabilitaciones y mucha espera, finalmente mi padre estaba volviendo a casa, donde seguiría los tratamientos y rehabilitaciones.slob Mientras verificaba los procedimientos del alta hospitalaria, mi corazón vibraba de felicidad. ¡Mi padre, visiblemente eufórico, al lado de su fiel compañera, reía, cantaba y contaba historias! Nada mejor que estar en un ambiente familiar, una linda granja, rodeada de árboles, un jardín y una huerta, loritos, perritos y gatitos.
Pero, esa casa, por más linda y cómoda que sea, no es la definitiva. Este mundo nos limita a una vida de buenos momentos, pero también a ansiedades, pérdidas, dolores, aflicciones, envejecimiento y muerte.
A lo largo de estos miles de años de pecado, Satanás hizo creer a muchos que siempre fue así.
¡No fue siempre así! Y no lo será. Sería muy decepcionante pensar que Dios nos creó y nos destinó a llevar la vida que vivimos. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, y el mundo era mucho mejor, sin enfermedades, muerte, dolor ni sufrimiento.
El versículo de hoy nos recuerda la gran y preciosa promesa que nos dejó el Salvador. "En su conversación de despedida con sus discípulos la noche antes de la crucifixión, el Salvador no se refirió a los sufrimientos que había soportado y que debía soportar todavía. No habló de la humiIlación que lo aguardaba, sino que trató de llamar su atención a aquello que fortalecería la fe de ellos, induciéndolos a mirar hacia adelante, a los goces que aguardan al vencedor" (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, págs. 19, 20).
¿Anhelas regresar a tu verdadero hogar? ¡Que las benditas promesas "voy a prepararles un lugar" y "vendré para llevármelos conmigo" jamás pierdan su relevancia en tu corazón! ¡Que tus ojos se mantengan fijos en aquella "casa definitiva", sin la mancha del pecado, donde la herrumbre y la polilla no corroen, y donde habrá paz y eterna felicidad!