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La Sonrisa de la Viuda

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Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18).

En el tiempo de Jesús en la tierra, las mujeres dependían totalmente de los hombres. Una viuda quedaba al cuidado de sus hijos. Y si no tenía hijos, debía volver a su casa.

Otra opción era la ley hebrea del levirato, la cual establecía que podía casarse con el hermano del fallecido. Si no tenía hermanos, o el cuñado no asumía esa obligación, quedaba desamparada.

Jesús, los discípulos y una gran multitud se acercaban a Naín, a unos treinta kilómetros de Capernaum. Vieron el cortejo fúnebre saliendo por el portón. Al frente, yacía el muerto, rodeado por el llanto y gritos de las plañideras. Cuatro hombres cargaban el féretro, y una mujer solitaria lloraba, tambaleándose.

El espectáculo deprimente despertó la compasión de Jesús. El fallecido era el hijo único de una viuda.

El pueblo de la pequeña ciudad había venido para solidarizarse. Jesús, lleno de compasión, dijo: "¡No llores!". La viuda, cegada por las lágrimas, ni siquiera había visto a Jesús. Solo escuchó sus palabras.

A pesar de su compasión, decirle a una mujer que acababa de perder a su único hijo que no llore, parece sin sentido y hasta insensible. ¿O lo dijo porque era capaz de transformar su llanto en risa?

Entonces, infringiendo las leyes rabínicas, que no permitían tocar nada impuro, Jesús tocó el ataúd. El llanto no se oyó más, la multitud se detuvo. ¿El Maestro que había curado enfermos y libertado personas poseídas podría devolverle la vida al joven?

En seguida, con voz clara y llena de autoridad, Jesús ordenó al joven que se levantara. Todos se miraron uno al otro, miraron al cajón y sostuvieron la respiración cuando vieron al muchacho abrir los ojos. Con la ayuda de Jesús, se levantó y se dirigió a aquella que lloraba a su lado, y los dos se abrazaron.

La multitud acompañaba fascinada la escena, sintiéndose en la misma presencia de Dios. Y la procesión fúnebre se convirtió en un cortejo triunfal.

¿Tienes tu corazón enlutado o desolado? El mismo Dios que estaba al lado de la madre en Naín, está atento a tu corazón, pues siente simpatía por nuestro dolor. Su palabra, que da vida a los muertos, es tan eficaz como en el pasado. ¡Su poder no tiene fin! Confía en ese Dios que se preocupa por tus dolores y lágrimas y es capaz de transformarlas en risa y alegría.

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