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Consecuencias de UNA OFENSA

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No te apresures en tu espíritu a enojarte, porque el enojo reposa en el seno de los necios (Eclesiastés 7:9).

Las ofensas no solo surgen de ofensores y pérdidas, sino también de ofendidos incapaces de lidiar con la ofensa.

Podemos recibir un golpe por las espaldas, una pérdida insustituible o una agresión, y eso puede doler mucho. Pero nuestras reacciones exteriorizan lo que hay de peor o de mejor en nosotros.

Aun cuando es dolorosa, la ofensa, muchas veces es la herramienta que Dios usa para que notemos cuánto aún necesitamos crecer. Varas finas y frágiles que se quiebran en la adversidad, criaturas que no saben decir "no", ofendidas que se transforman en ofensoras voraces, víctimas acomodadas al papel de eternas dependientes de otros son solo algunos matices del verdadero yo que puede saltar a la luz después de una ofensa.

Las mujeres necias no aceptan enfrentarse a sí mismas y se irritan, gritan, planean la venganza. Las sabias permiten, ante la ofensa, dejar que aparezca lo mejor que hay dentro de ellas: serenidad para no ser rehenes de la ofensa, proactividad para hacer lo que se debe hacer, humildad para reconocer las fallas personales, paciencia para tolerar los errores ajenos y disposición para ser moldeadas para mejor.

La diferencia en las reacciones muestra el tamaño del orgullo que existe en el corazón. Quizá sea una comprobación dura de aceptar, difícil de poner en práctica, y, al mismo tiempo, fantástica en sus resultados: nuestras reacciones a las ofensas tienen más que ver con egoísmo que con la gravedad de la ofensa.

Cuando pienso que soy tan buena, al punto de no aceptar que me hagan cualquier cosa, me pongo en una posición de superioridad. Cuando escucho la voz divina diciendo que soy igual a todos delante de él, y que mi corazón es engañoso, desciendo del pedestal y percibo que las motivaciones que llevaron a alguien a ofenderme pueden ser las mismas que me llevan a estar a la ofensiva.

Escuchar la voz divina hace que el sufrimiento y la indignación pasen rápido y no me quedo toda la vida revolviendo amarguras, dolores y recuerdos traumáticos.

Eso no es sumisión ciega a las actitudes destructivas ajenas. Es una postura emocional, saludable, que otorga las condiciones para que tengamos comportamientos asertivos, de los cuales no tendremos que arrepentirnos.

Algunos corazones trabajan para vencer al orgullo; otros son movidos por él. Los primeros son más felices; los últimos, los más miserables de la tierra. ¿En qué grupo estás?

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