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Hacía un mes que vivíamos en San Pablo. Había llovido durante la semana y varios puntos de la ciudad estaban inundados, lo que hacía que el transito fuera caótico, así como la rutina del paulistano. Una tarde se oyó un estruendo que hizo eco por las calles y se cortó la energía eléctrica.
Yo estaba escribiendo. Justo había puesto a cargar la notebook, pero no alcanzó el tiempo. Tuve que interrumpir mi trabajo.
Pensé en hacer otras actividades -planchar, lavar ropapero todas esas actividades exigían una fuente de energía. Decidí leer, pero solo pude hacerlo hasta que oscureció. Entonces, encendimos una vela para movernos dentro del departamento. Me bañé con agua fría. La vela se consumió y nos acostamos a dormir más temprano.
Al día siguiente, a pesar de las decenas de protocolos y llamadas a la compañía de electricidad, la luz no volvía. Los alimentos se descongelaron, la batería de nuestros celulares se agotó y las actividades más básicas del edificio eran mantenidas por un ruidoso generador.
Cuando se interrumpe la energía eléctrica quedamos limitadas para realizar muchas cosas, ¿no es verdad? Espiritualmente, cuando falta la Luz, la vida queda seriamente comprometida. Nuestra luz es Cristo. Sin él, tanteamos en la oscuridad como a ciegas. Terminamos tomando decisiones inconsecuentes; nos herimos a nosotras mismas y también a los que nos rodean; nos volvemos amargadas, quejosas e irritables.
Cristo mantiene el camino claro, iluminado. Eso nos da la seguridad de que, aun si cometemos faltas tropezando con piedras y baches, tenemos un destino que alcanzar. Él alumbra nuestro corazón y nos revela el camino al Padre.
Pero, esa luz clara y definida, también nos muestra la suciedad interior. Por eso, a veces huimos para permanecer en el escondrijo oscuro del alma. Fíjate en lo que Jesús dijo: "...la luz vino al mundo, pero la humanidad prefirió la oscuridad a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que hace lo malo aborrece la luz y no se acerca a ella por temor a que sus obras queden al descubierto" (Juan 3:19, 20).
Jesús es nuestra luz, el único medio de salvación. Si creemos en él, tendremos la vida eterna. Pero podemos elegir entre la luz y la oscuridad eterna. Su deseo es que nos arrepintamos y seamos salvas.
¿Has buscado esa luz todos los días? No permitas que las exigencias cotidianas sean mayores que tu anhelo de caminar iluminada por esa luz: Cristo.