|
Josafat, rey de Judá, había tenido un buen ejemplo en su padre Asa. Durante veinticinco años, trajo prosperidad material y espiritual a Judá.
Al final de su reinado, un mensajero le avisó que los amonitas y los moabitas querían invadir Judá. Preventivamente, el rey reforzó el ejército y fortificó las ciudades. Sabía que estaría preparado para enfrentar a sus fuertes enemigos.
Aun así, no confió enteramente en sus recursos bélicos, sino en el Señor. Reconoció que sus armas de guerra y la seguridad serían inútiles sin la presencia de Dios. Entonces proclamó un ayuno en todo Judá. Hombres, mujeres y niños se presentaron al Señor, suplicando ayuda. Y el Señor les respondió que no tuvieran temor, ni se asustaran, porque la pelea no era de ellos, sino de Dios.
Animados por la promesa, Josafat y el pueblo se postraron delante del Señor, adorando en voz alta. Al día siguiente, el ejército salió a la batalla. El pueblo fue incentivado por el rey a creer en el Señor y en sus profetas porque solo así estarían seguros y prosperarían. También se ordenó que los cantores fueran al frente del ejército, exaltando al Señor por la promesa de la victoria. ¡Qué manera singular de ir a la batalla contra el ejército enemigo!, ¿no es verdad?
Mientras Dios era exaltado, él mismo puso emboscadas en medio de los ejércitos enemigos, que se confundieron y se levantaron unos contra otros, sus propios aliados, destruyéndose mutuamente.
Cuando Judá se acercó al lugar de la batalla, en lugar de un amenazador ejército, vieron solo cuerpos muertos esparcidos por el suelo. ¡Entonces cargaron los despojos y los llevaron a Jerusalén, festejando y adorando a Dios con salterios, arpas y trompetas!
No importa qué batalla estés enfrentando. Tal vez incluso te consideres fuerte para enfrentarla. Pero no pongas tu confianza en ti misma o en las personas. Dios sigue siendo nuestra fuerza. Si alabáramos más a Dios mientras luchamos, tendríamos mayores garantías de fuerza, esperanza, coraje y fe.
"En toda emergencia, debemos reconocer que la batalla es suya. Sus recursos son ilimitados, y las imposibilidades aparentes harán tanto mayor la victoria" (Elena de White, Profetas y reyes, pág. 150). ¡Alábalo, y él luchará por ti!