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Jonás huyó de su misión en Nínive. Conducido de manera dramática al deber, les predicó a los ninivitas, y ellos se arrepintieron. En lugar de alegrarse por la actitud contrita del pueblo, Jonás se deprimió y lloró porque sus previsiones de destrucción no se habían cumplido, porque el sol calentaba y la enredadera se había secado.
David, cuando huía de Absalón, caminó por el monte de los Olivos llorando con la cabeza cubierta, los pies descalzos, vestido de saco en señal de contrición. Sufría las consecuencias de su pecado. Su conciencia lo acusaba.
Siglos más tarde, otro Hombre lloraba, lleno de compasión y tristeza por Jerusalén que mataba a los profetas, apedreaba a los mensajeros divinos y rechazaba a Cristo.
¿Por qué lloramos? ¿Por haber sido tratadas injustamente? ¿Por pérdidas? ¿Por nuestro orgullo herido? ¿Por el deseo de reconocimiento y posición? Jesús llamó bienaventurados a los que lloran. Él se refería a la sincera tristeza del corazón por el pecado: a nuestra reacción frente a su sacrificio en la cruz, cuando discernimos nuestra condición pecaminosa y reconocemos que somos la causa de su humillante muerte. Ese llanto es el resultado de comprender con un corazón quebrantado que, aunque somos tiernamente amadas por Dios, somos ingratas y rebeldes y traspasamos nuevamente el herido corazón divino.
Más allá de llamar bienaventurados a aquellos que lloran por esos motivos, Jesús prometió consuelo.
Bienaventurados son también aquellos que lloran con Jesús, al simpatizar con los entristecidos por el pecado. Cuando sufrimos en el servicio de salvar a los perdidos, participamos de los sufrimientos de Cristo, pero también de su consuelo y de su gloria.
No conozco los motivos por los que lloras. Quizás tu corazón está roto por haberte apartado de Dios; tal vez por estar enfrentando luchas sobrehumanas que te hieren emocional y físicamente; o, quizás, sufres por un ser querido que está en los caminos del mundo.
Confía en que el Padre celestial jamás se olvida de aquellos a quienes la tristeza los alcanzó. Si estás abatida, sufriendo las consecuencias de tus malas decisiones, el Señor no te desamparará. Tu sincero arrepentimiento es muy valioso para el corazón lleno de infinito amor de Dios. Él amparará tu corazón contrito y purificará tu alma apenada, y hará de ella su constante morada.