La Mayor Injusticia DE DIOS
Mujeres · Del libro Sublime Belleza
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Hace mucho tiempo se me apareció el Señor y me dijo: "Con amor eterno te he amado; por eso te he prolongado mi fidelidad" (Jeremías 31:3).
Un agricultor rico tenía dos hijos. Los niños crecieron sin que nada les faltara. El amoroso papá les había enseñado a respetar los límites, decisiones y consecuencias. Un día, el más joven se rebeló, dejó de reconocer el amor y el cuidado de su padre y exigió su herencia.
Triste, pero respetando la decisión de su hijo, el padre le entregó sus bienes. Poco después, con mucho dinero, el muchacho abandonó el hogar. No imaginaba cuánto dolor y sufrimiento llenaban el corazón del padre.
Rodeado de amigos depravados, gastó egoístamente todo con prostitutas, bebidas y diversiones. Entonces hubo una gran crisis económica. Sin dinero y hambriento, el hijo del agricultor tuvo que cuidar de los puercos y comer con ellos en un lamentable grado de degradación.
Sintiéndose miserable, sufriendo las consecuencias de su propia locura, reconoció lo que había perdido y decidió volver al hogar.
Realmente sería justo que el padre no lo aceptara después de lo que había hecho, ¿no es cierto?
Pero los ojos llenos de amor del padre notaron, desde lejos, por detrás del andrajoso, a su hijo. Y, corriendo a su encuentro, lo abrazó tierna y compasivamente. Después lo protegió de las miradas desdeñosas poniendo su propio manto perfumado y caro sobre su hijo. Mientras el rebelde sollozaba arrepentido, fue conducido a la casa paterna y honrado con lo mejor que el padre podía ofrecer.
Frente a semejante injusticia ¡qué profunda comprensión del amor de su padre tenía ahora! No merecía nada de lo que el padre le ofrecía, pero este no lo denunció ni lo condenó. Como estaba arrepentido, lo trató como si nunca hubiese cometido errores.
En este aspecto, nuestro Padre ha sido paciente y misericordioso con cada uno de sus hijos errantes, los cuales, como el hijo pródigo, reclaman sus dádivas como si tuvieran derecho a ellas, pero quieren mantenerse a la distancia.
El Padre no los abandona en la miseria: ansiosamente aguarda la señal más pequeña de su regreso para recibirlos de vuelta con amor y compasión.
¿Estás lejos de Dios? ¿Pusiste tu esperanza en planes engañosos y te sientes solitaria, culpable y avergonzada? La misma voz que te impresionó para que no fueras por esos caminos es la que ahora te invita a volver a la casa del Padre. ¡Levántate ya! Vuelve a los brazos del Padre.