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¿Ya te diste cuenta de que las palabras más importantes de la vida son también las más difíciles de definir? Paz, fe, amor, felicidad, esperanza, y la lista continúa. Explicar qué es la felicidad, por ejemplo, ha sido un desafío para la mayoría de los filósofos a lo largo de los siglos.
Aristóteles enseñaba que la felicidad era una actividad ética, resultado de la puesta en práctica de las virtudes. Para Epicuro, la felicidad se relacionaba con el placer. Por su parte, para el estoico Séneca, la felicidad podía encontrarse en la contemplación de las cosas simples, como admirar una manzana o la belleza de una puesta de sol.
Independientemente de la definición, la verdad es que todos buscamos la felicidad. Y, si "todos los mortales andan en busca de la felicidad", como señaló Baltasar Gracián, es "señal de que ninguno la tiene". El problema es que la sociedad actual está tan inmersa en angustias y necesidades profundas que la búsqueda de la felicidad se ha convertido en una obsesión.
A veces tenemos la impresión de que ya no hay lugar para la tristeza, el dolor o el silencio. Los analgésicos se convirtieron en golosinas. La diversión invadió todos los espacios de nuestra agenda. Si quieres ser exitoso en la cultura posmoderna, tienes que llenar tu rutina con gimnasio, psicólogo, coaching, fiestas, viajes, selfies y, obviamente, tienes que publicarlo todo en las redes sociales. ¿Será que ese es el camino?
Creo que felicidad es tener una experiencia con Dios, el único ser capaz de suplir las necesidades humanas, "porque en él vivimos, y nos movemos, y existimos" (Hech. 17:28). Solo en Dios encontramos plenitud, satisfacción y verdadero bienestar. Como dijo C. S. Lewis, "Dios no puede darnos paz y felicidad aparte de sí mismo porque no existe tal cosa".
Así como un celular sin batería deja de funcionar si no está conectado a la corriente, tú y yo somos infelices si estamos lejos de Dios. Te desafío hoy a pasar tiempo con el Creador a través de la lectura de la Biblia y de la práctica de la oración. Sal de tu casa con Dios y no vuelvas sin él. Deja de vivir obsesionado por la alegría pasajera del mundo. Conéctate al Señor, y encontrarás el camino hacia la felicidad.