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Aprietos En El Aire

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Asique He viajado mucho, y me he visto en peligros (2 Corintios 11:26, DHH).

Uno de los viajes más impactantes que hice con el cuarteto Arautos do Rei [Heraldos del Rey], fue una caravana por el Estado de Amazonas. Pasamos doce días cantando en distintas ciudades, como Parintins, Maués, Manacapuru, Coari y Tefé. Algunas cosas quedaron bien grabadas en mi memoria, como por ejemplo, la calidez del pueblo de Amazonas, los bautismos a la orilla del río, la visita a una tribu indígena adventista y, obviamente, ¡el delicioso y puro açaí!

Sin embargo, hubo otra experiencia impactante en ese viaje, y tuvo que ver con nuestro medio de transporte. Para llegar a tantas ciudades en tan poco tiempo, se alquiló un avión bimotor, un Bandeirante 75, que fue exclusivo para nuestro equipo. En menos de dos semanas, ¡hicimos 28 despegues y aterrizajes!

Cuando llegábamos a los aeropuertos pequeños, éramos recibidos por una multitud compuesta por Conquistadores y sus fanfarrias, pastores y hermanos de iglesia que llevaban pancartas con mensajes de bienvenida. Después, subíamos a un carro alegórico y recorríamos la ciudad invitando a las personas a la programación de la noche.

Cierto día, algo inesperado sucedió. Cuando estábamos por aterrizar en una ciudad, los dos pilotos comenzaron a discutir. Como el avión era pequeño, alcanzábamos a escuchar todo lo que sucedía en la cabina. El piloto, que era el más experimentado, decidió pasar el mando de la aeronave al copiloto para que él realizara el proceso de aterrizaje por su cuenta. Sin embargo, el copiloto se negó a asumir la tarea. Entonces, los dos comenzaron a pelear.

¡Puedes imaginarte el susto que teníamos! Imagínate la escena: el tren de aterrizaje desplegándose, un fuerte olor a querosén, una luz roja intermitente, turbulencias y pilotos intercambiando reproches en la cabina. En esos segundos interminables, confieso que ajusté mi cinturón de seguridad y repetí varias veces el estribillo de la canción: "Solo un poco más, solo un poco más".

Gracias a Dios, logramos aterrizar seguros y terminar la caravana. Después de volver a casa, un amigo me contó que el apodo de ese avión era "mata a quince". ¡Este fue otro motivo para agradecer a Dios por su protección!

Y tú, ¿qué tipo de emociones has experimentado al predicar la Palabra de Dios? Si sales de tu zona de confort, sin duda tendrás muchas historias para contar.

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