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María. Nombre propio común, el más frecuente en Sudamérica. Hay millones de Marías: amas de casa, madres de familia, ricas, discretas, pobres o famosas. Cada una tiene su propia historia, pero a pesar de tener un nombre conocido la mayoría de ellas tiene una vida anónima. Pocas de ellas tendrán su biografía en las estanterías de las librerías.
La Biblia cuenta la historia de una María que, entre tantas, fue una persona especial. Fue especial porque fue transformada. Sus pasos se encontraron con los de Jesús. ¿Su pasado? Triste y doloroso. ¿Su perspectiva del futuro? Aparentemente nula.
El nombre María significa "exaltada", "princesa". Sin embargo, durante muchos años, la realidad de María Magdalena no le hizo honor a su nombre. Vivió en el inframundo de los vicios de la ciudad costera de Magdala, que, según el Talmud, tenía una reputación repugnante de prostitución. Allí fue atormentada por siete demonios. El nombre Magdala significa "torre" o "castillo". Sin embargo, la vida de María se asemejaba más a la historia de una princesa en un castillo embrujado.
No obstante, María encontró la verdadera libertad en Cristo, el Dios de las nuevas oportunidades. Jesús le ofreció la fragancia de la gracia eterna. Ella, a quien mucho se le había perdonado, amó mucho. Tal vez nadie en las Escrituras se haya entregado tan completamente a Cristo como María. Fue la última en apartarse del pie de la cruz y la primera en ver a Cristo resucitado.
Unos días antes de la muerte de Jesús, María Magdalena quebró un frasco de alabastro y derramó el valioso perfume sobre su Maestro en un banquete en la casa de Simón. Esa noche, María no apareció en la escena pidiendo ayuda ni suplicando por un milagro. Ella buscó a Jesús simplemente para expresar su amor. Ese perfume representaba su corazón quebrantado. "Ella lo hizo para prepararme para la sepultura" (Mat. 26:12). Debido a esta actitud de devoción, Cristo dejó registrado el nombre de María Magdalena en la historia.
Y tú, ¿ya te arrojaste a los pies de Jesús? Él te invita: "Dame, hijo mío, tu corazón" (Prov. 23:26). Si haces así, tu vida será como una dulce fragancia. Salomón escribió: "Es mejor el buen nombre que el buen perfume" (Ecl. 7:1, NVI). María tuvo ambos.