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ÉL Toca A Los Leprosos

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Jesús se compadeció de él. Extendió su mano, lo tocó y le dijo: "Así lo quiero. ¡Queda limpio!" (Marcos 1:41).

En el libro El don del dolor, el cirujano Paul Brand narra su increíble experiencia en los leprosarios de la India y de Nueva Guinea: "La lepra ha provocado durante mucho tiempo un miedo que roza la histeria, principalmente debido a las terribles deformidades que puede causar si no se trata. La nariz de los pacientes leprosos se encoge, las orejas se hinchan y, con el tiempo, pierden los dedos y las articulaciones; luego, las manos y los pies. Muchos también terminan quedando ciegos".

Lo que más sorprendió al médico fue observar que muchos de los leprosos colocaban sus manos sobre el fuego o en objetos afilados sin experimentar dolor. A raíz de esta experiencia, Brand reflexionó sobre la importancia del dolor, entendiendo que debe ser considerado de manera positiva, ya que nos advierte que algo no está bien.

En los tiempos bíblicos, la lepra era una enfermedad sumamente temida debido a su contagiosidad e incurabilidad. Además de deformar el cuerpo, la lepra excluía a los enfermos de la vida social. El destino de un leproso era separarse de su familia y sus amigos, y pasar el resto de su vida con otros leprosos. En el contexto de Israel, se añadía también el componente religioso, que consideraba al enfermo como alguien "inmundo".

Entre los judíos, existía la creencia popular de que la lepra era un castigo divino, al igual que la ceguera de nacimiento. Debido a esta creencia, la mayoría de los leprosos no hacía ningún esfuerzo por buscar alivio o cura. Lo único que les quedaba era inclinar la cabeza y aceptar lo que consideraban "el azote" divino.

Sin embargo, la Biblia relata que un leproso se acercó a Jesús y, arrodillándose a sus pies, suplicó por sanidad. Puedo imaginar a muchas personas alejándose de esa escena tan grotesca. Pero Jesús permaneció allí. Movido por una profunda compasión, tocó al leproso y le dijo: "¡Queda limpio!" El toque del Creador transformó la carne descompuesta de aquel hombre en la piel suave de un bebé. El milagro de Jesús fue tan completo que le devolvió la salud, la familia, la aprobación ceremonial e incluso la capacidad de sentir dolor.

Todos necesitamos el toque de Jesús. Al igual que la lepra, el pecado nos ha apartado de Dios y de los demás. Acércate a Jesús ahora y pídele que te dé sanidad, paz y, también, la capacidad de sentir el dolor de vivir lejos de la casa del Padre.

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