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Un Ejemplo trágico de contaminación ocurrió en la ciudad de Goiânia, en 1987, cuando varias personas entraron en contacto con una sustancia altamente radiactiva. El incidente comenzó cuando dos recolectores de materiales reciclables abrieron un aparato de radioterapia abandonado. Dentro de él había una cápsula que contenía cesio-137, un polvo que emite un resplandor azul en la oscuridad. En el primer contacto, ambos comenzaron a sentirse mal. Sin embargo, asociaron el malestar con la comida que habían ingerido.
Una de las víctimas fatales fue Leide das Neves, de solo seis años, hija de uno de los recolectores. Ella se fascinó con el resplandor del polvo y, además de jugar con él, llegó a ingerirlo. Leide y otras centenas de personas murieron en lo que se considera el mayor accidente radiactivo de Brasil. La sustancia se hizo popularmente conocida como "el brillo de la muerte".
Si observamos bien, veremos que toda la contaminación ocurre de afuera hacia adentro. Sin embargo, en el versículo de hoy, Jesús invierte esta lógica, afirmando que lo que contamina al hombre no es lo que entra, sino lo que sale. Es decir, la "radiación tóxica" del pecado brota del corazón humano y tiende a contaminar el entorno y enfermar al propio huésped. Jesús dijo que "del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las calumnias" (Mat. 15:19).
En esta controversia, los escribas y los fariseos acusaron a Jesús y a los discípulos de comer con las manos sucias. El rito de lavarse las manos no era motivado por razones de higiene, sino para evitar la contaminación ceremonial. Para los fariseos, el ritual de purificación de las manos era tan normativo como la propia ley mosaica. Sin embargo, Jesús afirmó que la contaminación del ser humano no tiene nada que ver con tradiciones, sino con la suciedad del corazón.
¿Cómo está tu corazón hoy? ¿Contaminado por pensamientos impuros, sentimientos de venganza o por el deseo de hacer algo malo? Pídele a Jesús que elimine ese "cesio-137" de tu pecho. No juegues con el pecado, porque apagará el resplandor de tu vida.