Regresar

Las Dos Caras de la Moneda

Play/Pause Stop
Bueno es el Señor; es refugio en el día de la angustia y conoce a los que en él confían (Nahúm 1:7, NVI).

El libro de Nahúm es uno de los más pequeños del Antiguo Testamento. Escrito alrededor del año 640 a.C., armoniza dos aspectos fundamentales del carácter de Dios: bondad y justicia. En versos hermosos y profundos, Nahúm sintetiza la noción bíblica de que el mismo Dios de amor es capaz de airarse. Dos caras de una misma moneda (Nah. 1:3).

Antes que nada, debemos recordar que el tema central del libro es el anuncio de la destrucción de Nínive, la capital del imperio Asirio. Fundada por Nimrod, bisnieto de Noé, Nínive se convirtió en una potencia mundial alrededor del año 900 a.C. Era una ciudad tremendamente violenta. Usando el vocabulario actual, diríamos que cometió crímenes de lesa humanidad. Además de ser una ciudad sanguinaria, Nínive era conocida por ser la capital de la idolatría, la sensualidad y la hechicería.

Cerca de cien años antes del mensaje de Nahúm, Dios usó al profeta Jonás para advertir a la ciudad. Toda esa generación se convirtió al Señor, incluso su rey. Debido a esta decisión colectiva, Dios decidió no destruirlos, como había amenazado (Jon. 3:10). Sin embargo, según el relato de Nahúm, los ninivitas volvieron a sus prácticas erróneas, rechazaron la misericordia divina, y cometieron así el pecado imperdonable. Nahúm fue claro: "Tu herida no tiene remedio; tu llaga es incurable" (Nah. 3:19, NVI).

Necesitamos entender que la ira de Dios no está en oposición a su amor. Al contrario, es otro brazo de él. Dios no es cómplice del mal ni indiferente a nuestras decisiones equivocadas. Primero, él nos advierte y disciplina, así como un padre amoroso lo hace con sus hijos (Prov. 3:12). Pero, cuando no hay arrepentimiento ni conversión por parte del pecador, Dios ejecuta su juicio. Fue así en el Diluvio y será así nuevamente después del Milenio.

Ninive fue destruida por los babilonios en el año 612 a.C., bajo la intervención divina (Nah. 1:13). Esto nos enseña que el mal nunca ha valido la pena y siempre conduce a consecuencias graves para sus seguidores. Pero, para aquellos que hacen de Dios su refugio, existe una certeza: "La calamidad no se repetirá" (Nah. 1:9, NVI). Esta promesa es válida para hoy y será una realidad por toda la eternidad.

Matutina para Android