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En la época de Jesús, los rabinos solían enseñar a sus alumnos mediante preguntas. El propósito de este método no era obtener una "respuesta correcta" del aprendiz, sino incentivarlo a formular otras preguntas que fueran tan razonables como las originales. Según Josh McDowell, esta técnica era tan común en los tiempos de Jesús que "la palabra hebrea para 'pregunta' llegó a ser sinónimo de 'respuesta'" (Ele Andou Entre Nós, p. 265).
El versículo de hoy presenta una pregunta planteada por algunos discípulos de los fariseos y miembros de la secta de los herodianos con el objetivo de atrapar a Jesús. Era extraño ver a ambos grupos juntos. En efecto, eran enemigos acérrimos en el ámbito político. Mientras que los fariseos se oponían al liderazgo romano, los herodianos eran partidarios de Herodes. Fue una alianza entre enemigos para atacar a Cristo.
La controversia ocurrió el martes de la semana en la que Jesús fue crucificado. Los fariseos querían atraparlo a toda costa en una contradicción. Si se oponía al pago del impuesto, Cristo crearía un conflicto con Roma. Si aprobaba el tributo, tendría problemas con los judíos.
Recordemos que los fariseos se resistían al Gobierno romano no solo porque eran gentiles, sino porque César era venerado como un dios. En la mente de los fariseos, cualquier respuesta dada por Jesús crearía problemas para el ministerio del Maestro. Sin embargo, no sabían que él ya tenía todas las respuestas.
Tras leer las intenciones de estos hombres, Cristo pidió que trajeran una moneda romana. Al acercarse con un denario, el Maestro preguntó: "¿De quién es esa imagen y la inscripción?' Dijeron: 'Del César'. Entonces Jesús respondió: 'Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios" (Mat. 22:20, 21).
Con esta frase, Jesús enseñó que los cristianos tienen doble ciudadanía: la celestial y la terrenal. Es nuestro deber pagar los impuestos, respetar a los gobernantes, orar por las autoridades y obedecer las leyes civiles, siempre y cuando no sean contrarias a las leyes de Dios (Rom. 13:1-7). El verdadero cristiano no tiene mala reputación, no evade impuestos ni nada por el estilo.
¿Cómo manejas estas situaciones? ¿Eres un buen ciudadano? Espero que tus respuestas sean positivas. Después de todo, ¿existe un camino mejor?