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El Salmo 51 es una obra maestra que nació de una tragedia, un lirio que brotó en medio del lodo. Esta poesía se diferencia de las demás del libro porque fue generada en las profundidades de un corazón destrozado por la culpa. Después de ser confrontado por el profeta Natán, David abrió los escondites de su alma y expuso ante Dios su vil pasado (2 Sam. 12:1-15). Mientras esperaba el veredicto divino, el rey clamó por el milagro de la gracia.
La historia del "hombre conforme al corazón de Dios" podría haber sido muy diferente. Si hubiera estado en la guerra, en lugar de estar ocioso en las tardes palaciegas, probablemente el Salmo 51 tendría otros matices. Sin embargo, encontramos al rey de Israel en el abismo del pecado, después del adulterio con Betsabé y el asesinato de Urías.
¿Qué le queda a alguien que está en un pozo más que mirar hacia arriba? Tocado por el Espíritu Santo, David recurrió a su última y única oportunidad: el amor infinito de Dios. Al inicio del salmo, David proclamó la tríada de peticiones descritas en el versículo de hoy: "Borra", "lávame" y "límpiame". ¿Alguna vez clamaste así a Dios?
Al pedir que el Señor borrara su pecado, David usó un término que hace referencia a la forma en la que se reciclaban los pergaminos en la antigüedad. Antes de la invención de la imprenta, se usaba cuero de oveja o cabra para escribir. Dado que este material era costoso y escaso, se recurría a la técnica de rasparlo con un cuchillo. Los palimpsestos medievales, por ejemplo, que contenían literatura obscena escrita por los romanos, eran borrados y reutilizados por los monjes. Eso es lo que Dios desea hacer con nuestro corazón. Él quiere "raspar" el pecado y escribir una nueva historia.
Además, Dios quiere "lavar" y "purificar" nuestra ropa sucia, contaminada por los pecados que cometemos. Al mencionar el "hisopo" (Sal. 51:7), una planta de hojas ásperas y perfumadas, David aludió a dos rituales litúrgicos: la purificación de la casa de un leproso y la de una persona contaminada por tocar un cadáver. Observa que ambas ilustraciones pueden aplicarse a los efectos del pecado.
Y tú, ¿ya le pediste a Jesús que transforme tu corazón? No importa tu pasado. Dios es capaz de darte una nueva oportunidad. Recuerda: "Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia" (Rom. 5:20).