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Escribo mientras viajo. Volver a Curitiba, la ciudad de mi infancia, es regresar en el tiempo. Mi ciudad es la capital brasileña del estado de Paraná y ocupa 15 años de espacio en la computadora de mi memoria. Y continúa siendo una bella ciudad para vivir, pasear y comer barato; todo con un clima fresco y especial. Sus parques con árboles enormes y los ómnibus articulados con fuelle impresionan. Sin embargo, para mí, es el lugar de una humillación milenaria.
«Platos finos y carnes nobles», decía el lindo cartel que llamaba la atención. Después de todo, quería pedirle matrimonio a mi novia con estilo. Llamé, hice la reserva y esperé ansioso que llegara el día. Me puse un traje, enceré el auto y busqué a mi enamorada. Estacioné frente al lugar lindo de vidrios espejados y bajé para buscar a alguien. «Por favor, hice una reserva para dos», dije con las alianzas en el bolsillo. «¿De qué porción, señor?». Me pareció extraña la pregunta, pero aclaré: «De la mejor mesa para cenar». El empleado retrucó: «Debe haber un error, señor». Yo me paralicé, pero insistí: «No es un error, ¡yo hice la reserva!» El muchacho, algo asustado, llamó al dueño. Le expliqué mi sueño y le pedí permiso para la ansiada comida. «Señor, aquí no damos cena». Me petrifiqué. «Pero ¿no es este un restaurante de categoría?» La respuesta me mató: «No. Esta es una casa de venta de carnes y congelados». Todavía con miedo, les comenté sobre el anuncio que había visto. El gerente asintió y dijo: «Sí, ya se han confundido otras personas, pero usted fue el único que hizo una reserva para cenar en mi carnicería».
Volví al vehículo y, con una excusa, llevé a mi novia a otro lugar. Le conté sobre esta humillación tiempo después de habernos casado. ¿Hiciste alguna vez el papel de payaso? A nadie le gusta ser blanco de burlas a costa de sus propios errores.
Hoy quiero asegurarte, en primer lugar, que no eres el único que comete errores; Jonás se equivocó, Pedro también. Sí, errar es humano, pero la diferencia está en la reacción al error. Es un acto noble sonreír, aunque sea con timidez, y no entrar en pánico. Tienes muchas cosas buenas de valor. Un comentario incorrecto en el aula, un tropezón desastroso, un gol en contra o la vergüenza del pasado nunca arruinarán tu relación con el Padre celestial. Aunque el público se ría de ti, Jesús te ama y, dentro de algún tiempo, será gracioso acordarte de eso.
A propósito, puedes reírte de mí cuando veas una carnicería.