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Se hizo moda. Los hombres más adinerados del mundo son atraídos por los mayores yates del mundo. No es suficiente viajar, hay que alardear iy mucho! Entre ellos están los billonarios jeques árabes, los dueños de fortunas increíbles, accionistas mayoritarios de multinacionales s y un ruso absurdamente rico. Este, sí, posee uno de los mayores yates del mundo.
Su nombre es Roman Abramovich. Su «barquito amado», llamado Eclipse, tiene 170 metros de largo, similar a siete canchas de tenis puestas una tras otra. ¿Cuánto costó? Una «limosnita» de 1.1 mil millones de libras. ¿Y qué hay dentro de él? Un sistema de defensa antimisil, vidrios blindados, tres helipuertos, dos piscinas, dos habitaciones de lujo, varias bañeras de hidromasaje, una discoteca, tres lanchas menores y, créelo o no, un minisubmarino para sumergirse hasta los 50 metros de profundidad.
Además, tiene un sistema ultramoderno antipaparazzi. Si alguien se acerca para tomar una fotografía no autorizada, el barco automáticamente dispara flashes fortísimos que arruinan completamente la imagen que toma el intruso. ¿No es buenísimo?
Sin duda alguna, un hombre así debe sentirse «el rey del dinero», pues navega por los mares con algo tan lujoso, ¿cierto? Pero hubo un Rey que también navegó en un barco. La única diferencia es que, comparado con el Eclipse, aquella embarcación no es más que un bote oxidado.
¿Recuerdas a Jesús en el mar de Galilea con sus discípulos? El barco en el que estaban era pequeño y sencillo. Además, se desató una inmensa tormenta sobre ellos. La furia del mar fue tan grande que todos pensaron que morirían allí mismo. Pero Jesús se despertó, reprendió a la lluvia y tranquilizó a sus amigos para que confiaran más en su poder.
¡Qué diferencia! Mientras que al hombre más rico de Rusia le preocupan los paparazzi, el Redentor de la humanidad silenció las tormentas. Uno hizo un palacio de un barco, y el otro hizo de un establo su cuna. Jesús es la mayor lección del universo de que tener poder vale más que tener dinero. Y su poder es capaz de hacer por nosotros lo que ninguna riqueza haría: salvarnos para siempre.
¿Y si salimos a navegar con la verdadera Majestad de los océanos? Solo tienes que orar y pedírselo. ¡Ahora!