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La mala suerte de Boa Sorte

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«NINGÚN OJO HA VISTO, NINGÚN OÍDO HA ESCUCHADO, NINGUNA MENTE HA IMAGINADO LO QUE DIOS TIENE PREPARADO PARA QUIENES LO AMAN» (1 CORINTIOS 2:9).

Nunca olvidaré a Emerson Boa Sorte. Este es el nombre y el apellido de un amigo que cursó conmigo la carrera de Teología. Sin duda, su apellido es muy particular porque significa «buena suerte». A los 24 años todavía no conocía el mar. Y varias veces yo, como amigo bastante falso, me reí de él como si el muchacho fuera un extraterrestre.

Por fin, llegó el día. Afortunadamente para mí, y para desgracia de él, fui testigo de ese momento cómico. Viajamos a las prácticas de evangelismo región litoral del lugar donde estábamos. Su ansiedad era mayor que la de una novia cuando escucha «ta-ta-ta-tan» de la marcha nupcial, Luego de dejar sus maletas en el alojamiento, corrió rápidamente hacia la playa. Llevaba zapatos y ropa de vestir. Se arrodilló con los brazos abiertos y esperó a que una ola lo devorara. Sus gritos histéricos me avergonzaron y fingí que no lo conocía. Completamente empapado, hizo un cucharón con las manos, lo llenó con agua de mar y tragó ferozmente todo el líquido salado.

Para entonces, toda la playa ya se había detenido a observar a aquella persona que parecía haber huido del manicomio. No sirvió de nada tratar de disimular, pues se acercó a mí y gritó: «¡Guau! ¡Esto es demasiado grande!». La multitud se echó a reír y yo no sabía dónde esconderme.

Lo cierto es que Boa Sorte hizo realidad su sueño. Y hasta hoy me río de esa extraña escena. Sin embargo, no he olvidado la satisfacción en sus ojos al ver su sueño cumplido. Para él, eso fue un presagio del cielo. Cuando leemos que nunca nuestros ojos han visto algo igual ni nuestro oído escuchado algo semejante, percibimos que no tenemos idea de lo que será la Nueva Jerusalén. Solo sé que la Biblia habla de un mar de cristal y, sin duda, reaccionaré como mi amigo cuando llegue allí.

¿Intentaste alguna vez imaginar las moradas celestiales? ¿Cómo será ese lugar inexplicablemente perfecto? Los profetas que miraban a través de la estrecha brecha de una visión no podían describirla. La magnitud de todo era tan incalculable que no cabía en palabras. Si el cielo es todo eso, no dudes en prepararte para este destino paradisíaco. Sé un cristiano activo y no un incrédulo compłaciente. Prepárate, cueste lo que cueste.

Seguramente, ese día exclamaremos juntos: «¡Guau! ¡Esto es demasiado grande!».

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