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Piensa en la distancia más larga que conozcas. ¿La tienes? Ahora fijate si supera a esta: 120.000.000.000.000.000.000.000 de kilómetros. Eso mismo, 120 septillones de metros. Esta es la distancia aproximada de viaje necesaria para visitar la estrella más lejana a la Tierra. Esta estrella fue descubierta hace pocos años, pero su imagen llegó después de 12.000 millones de años luz. ¿Qué tal? Este sería el tiempo que te llevaría llegar a la estrella si viajaras en un supercohete que se desplaza a más de 300.000 kilómetros por segundo.
Bueno, nosotros sabemos, por la Biblia, que nuestro planeta tiene aproximadamente 6.000 años desde su creación. No obstante, estas estrellas pueden haber existido mucho tiempo antes en este inmenso universo. Descubrir un destino tan lejano es una prueba de cuán infinito es el espacio sideral y cuán minúsculo es nuestro mundo en medio de todo eso.
Incluso el Sol, la estrella más cercana a la Tierra, se encuentra a incontables 150 millones de kilómetros. Y si quisiéramos complicar aún más este increíble viaje astronómico, podemos incluir en esta cuenta el número de astros que existen: cerca de 10.000 sextillones. En fin, los números así escapan a nuestra capacidad mental. Si a simple vista ya vemos unas 5.000 estrellas pegadas en la enorme tela negra de una noche clara, podemos imaginar cuánto hay todavía sin que siquiera podamos verlo.
¿Y por qué querríamos viajar por estos lugares inimaginables? Mira, Dios es el Creador y Sustentador de todo esto, y con esto podemos tener una minúscula idea del tamaño y la fuerza que tiene. Más importante aún es que, aunque nuestro planeta es un pequeño grano de polvo que cuelga de la cola de un hipopótamo en una galaxia, Dios todavía se preocupa por nosotros. Nos ama tanto que llegó a sacrificar a su propio Hijo para salvar a seres insignificantes como nosotros. ¿No es increíble?
Por eso, yo amo a este Dios de lo increíble. Porque su amor fue capaz de resumir el cosmos a una gota de sangre que brotaba como sudor en la piel de Cristo al suplicar: «Padre, que se haga tu voluntad y no la mía». ¿Entiendes ahora por qué ir hasta la estrella más lejana no fue un viaje más difícil que el Getsemaní? Por culpa del pecado, Padre e Hijo se alejaron más que eso para salvarnos a ti y a mí. Un amor así por nosotros merece mucho más de nosotros. ¿No es así? Se merece todo.
Vive el día de hoy por ese todo.