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Vendedor inexperto

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«SEÑOR, ACEPTA LAS OFRENDAS QUE BROTAN DE MIS LABIOS) (SALMO 119:108, NVI).

Colportaje. Esta es una palabra mágica capaz de ofrecerte una aventura única con viajes inolvidables. Porque colportar es entregarte en las manos de Dios para vender libros de esperanza a lectores que merecen el cielo.

Hasta hoy recuerdo la ciudad de Paranaguá (estado de Paraná, Brasil), junto al océano Atlántico. Fue allí donde descubrí cómo mi timidez para vender es inversamente proporcional a mi extroversión para predicar. Pero valió la pena cada día, cada experiencia y cada casa visitada. Incluso la de la puerta blanca con ventanas amarillas.

Era la séptima visita del día, y ya estaba cansado de tantos «no». Por primera vez, la dueña de una casa me recibía con una sonrisa. Una vez en la sala, me dijo: «¡Espera un momento, voy a terminar de lavar los platos y conversamos!». Me sentí como quien sueña lleno de optimismo hasta darme cuenta de que un señor mayor me observaba desde el otro sillón. ¡No lo dudé! Saqué el muestrario y comencé a recitar de memoria el texto de la oferta. Generalmente, no me dejaban terminar, pero él me dejó. Emocionado, llegué hasta el final, más de ocho minutos después, ¡y no podía creerlo! «¡Él se quedará con los cuatro libros y también le venderé a la otra persona después!», pensé, lleno de entusiasmo. Saqué el bolígrafo, puse hoja de pedidos en su regazo y, en ese momento, la mujer regresó, sorprendida me preguntó: «¿Qué está haciendo, joven?». «¡Le estoy vendiendo salud a este simpático señor!», respondí animado. Ella, conteniendo la risa y moviendo la cabeza, me echó un balde de agua fría y me dijo: «¿Simpático señor? ¡Es mi abuelo, tiene 89 años es completamente sordo!». Se me cayó la cara de vergüenza y rogué que la tierra se abriera y me tragara. ¡Qué locura haberle hablado como un loro a alguien incapaz de escuchar una sola palabra!

¿Y tú? ¿Alguna vez has tenido la sensación de gritar sin que nadie te escuche? Debes saber que Jesús siempre escuchará lo que digas o sientas. Puede parecer que las nubes cargadas del cielo han ensordecido a Diós, pero -¡créelo!el Sol de justicia siempre estará allí. Haz como Moisés antes de abrir el mar Rojo, o como Elías antes de llamar al fuego del cielo: ora, habla, di, desahógate y... jespera! El Dueño del universo siempre tendrá un espacio para escuchar tus sueños, ¿comprendes?

Ah, y ni siquiera tendrás que vender nada, porque él ya pagó todo en la cruz.

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